Álvaro y Gervasio Guillot Muñoz:

Lautréamont (*)

Me ocurre a menudo andar en busca de esos manuscritos de tinta amarillenta que reposan en la quietud sombría de museos y bibliotecas. Pero de todo ese viejo papelerío me gusta especialmente el de los archivos poco frecuentados de las iglesias que concentran su actividad religiosa en torno del púlpito y delante de los altares enguirnaldados. La lectura de actas y de estampas añejas que ocultan bajo el polvo centenario el embotamiento de las cosas destinadas a una pasividad eterna, orientan los espíritus ávidos del pasado que se complacen en navegar a través de las etapas de los acontecimientos históricos, y que desean conocer la naturaleza de los hechos sucesivos o algunos aspectos de la continuidad intelectual. Estos documentos anegados en el olvido y la vetustez, nublados por un misterio remoto, no son turbados por sortilegios ocultos. Pero en medio de la humedad estancada, ellos tienen un alma que vive aprisionada como el “ka”, en un hipogeo perdido bajo la arena. En el momento de la profanación el alma escapa con la levedad del “bai” o se desvanece en luminosa para no volver jamás.
Ese espíritu, verdadero mistagogo revelador, sólo es sensible para los iniciados de buena fe. Puede que sea también un talismán para vencer la incertidumbre y el error que envuelven el cuerpo del documento.Una mañana de agosto del año último nos resolvimos a buscar el acta de nacimiento de Isidoro Ducasse, antepasado del grupo surrealista. Nuestras indagaciones en la Legación de Francia fueron, al principio, inútiles. Fue preciso entonces ir a revolver los archivos de las parroquias que en el siglo pasado llevaban, en Montevideo, los registros del Estado Civil. Empezamos por San Francisco de Asís, cuyo esbelto campanario español levanta su cruz dominadora sobre el barrio del puerto. En esta iglesia fue bautizado Laforgue en 1860. Un sacerdote vasco, con los dedos deformados por la artritis, aprisionado en una estrecha sotana, consintió, con cierto malhumor, en que visitáramos los archivos parroquiales. Una hora había transcurrido mientras revolvíamos legajos. El sacerdote vasco, a quien nuestra calma impacientaba, nos rogó que nos retiráramos, alegando que los archivos tenían una finalidad más importante que la de entretener a los curiosos.
En la catedral nos recibió un párroco italiano, sordo y afable. La mirada activa de sus ojos saltones se paseaba por la sacristía mientras se empeñaba en articular expresiones híbridas hispano-italianas para contestar a los visitantes. Delante de una pila de agua bendita, envueltas en el olor asfixiante del incienso acumulado, unas damas arrebujadas en sus pieles esperaban la bendición de tres medallas destinadas a preservar sus automóviles contra los accidentes de la circulación, muy frecuentes en esos días. Un sacerdote rechoncho, después de quitarse el gastado birrete, recitó con voz gangosa unas letanías monótonas. Munido de un hisopo, la mirada distraída, hizo abundantes aspersiones sobre las medallas. Las damas agradecieron al oficiante, dejaron caer sobre la mesa unas monedas para ayudar a la reparación de una modesta capilla, y salieron tranquilizadas.
Mientras tanto, sentados en un sofá de pana solferino, esperábamos sin prisa la autorización para registrar los archivos. El sacerdote sordo, que había atendido a las damas con solicitud y esmero, nos interrogó con interés. Pero entonces las dificultades se multiplicaron. El buen sacerdote no comprendió las explicaciones que repetimos varias veces. ¿Cómo habría podido comprender la historia del más blasfemo de los poetas? Por momentos creíamos oír la burla demoníaca de Maldoror y adivinábamos la molestia del Creador. El monaguillo que pasaba silencioso se parecía mucho al pequeño mártir grave que Maldoror había encontrado en el jardín de las Tullerías.
En la nave de la Catedral la sombra de Léon Bloy se hundía en un retablo. Léon Bloy abrigaba sin duda la esperanza de que Lautréamont no fuera un instrumento del maligno. El hombre que era la imagen de la fe y de la fuerza de la Iglesia creía tal vez que la seducción de una virtud apostólica, la gracia de Dios y una emanación de la teología habrían enderezado la vía tortuosa del culpable, sembrador del desorden en las familias. Bloy se empeña en justificar los ultrajes que Maldoror había hecho a la divinidad. El enviado del cielo decía: “No hay más que un sufrimiento, y es el de no ser santo”. Pero Lautréamont no lo oía. La asociación del creyente con el dogma católico, aunque sólida, no le permitió realizar el milagro de llevar a la fe al “hermano de la sanguijuela”. Léon Bloy estuvo a punto de dedicarse a la predicación, pero se dio cuenta de que jamás habría encontrado a Isidoro el pecador. De ello se consoló en parte cuando logró convencer a Jacques Maritain.
En una pieza húmeda, desprovista de imágenes santas, encontramos en los archivos de esta parroquia el libro de registros de bautismos. 1847: el legajo de escritura uniforme –caligrafía corriente a mediados del siglo XIX– contiene el texto completo de la partida de nacimiento de Isidoro Ducasse.
Afuera, el aire puro agitaba suavemente las ramas desnudas de los plátanos de la plaza que, calle por medio, continuaba el atrio. Por encima de las fachadas de un cosmopolitismo incoloro, la cúpula de la Catedral, revestida de azulejos, espejeaba al sol. “La encantadora ciudad uruguaya, que conservaba aún en 1860 todo su carácter español y colonial”, según las palabras de laforguiano Aubry, se agita hoy bajo la influencia “yankee”, que le administra en dosis masivas su arquitectura seudo-racional.
Después de haber sacado copia del documento nos fue fácil obtener en la legación de Francia, gracias a la buena voluntad del Sr. Ministro, algunas informaciones concernientes al nacimiento del Conde de Lautréamont. No queda duda alguna sobre el lugar en que nació. “Nació sobre las riberas americanas en la desembocadura del Plata”. El final del primer Canto de Maldoror no es una fantasía de Isidoro. Esto debe ciertamente tranquilizar a un poeta hispano-americano que se empeñó siempre en proclamar a derecha e izquierda que él era el bastardo del Conde de Lautréamont. El autor anónimo de la “Anthologie de la Nouvelle Poésie Française” debe reconocer el error que ha cometido al escribir que Lautréamont había nacido en Tarbes.
Los investigadores podrán darnos algún día una biografía más completa de Lautréamont partiendo de una primera clasificación de las fuentes: los monumentos (casa natal en la calle Camacuá, inmueble de la rue Vivienne, Los Cantos de Maldoror, poesías); documentos inconscientes (la partida de nacimiento y la de defunción); documentos concientes (la leyenda, las cartas). Con datos explícitos, algunas convicciones a priori y algo de simpatía por la inducción, la tarea será fácil.
Los documentos descubiertos por André Malraux permanecen aún en poder de M. D. B. Esperan sin duda la historia verídica de Maldoror que se encontraría en un palimpsesto del Nuevo Mundo.
En cuanto a las bromas que Ramón Gómez de la Serna difundió sobre la vida de Isidoro en París, quedarán incorporadas al largo cortejo de aventuras que componen la leyenda lautréamoniana. El poeta y juglar de Pombo se jacta de haber almacenado todos los datos relativos a la vida de Isidoro el Montevideano, pero se olvida de contarnos los amores del joven conde con una mestiza de cabellos lacios, bastarda de un hidalgo castellano. A la puesta del sol, en la sombra alargada de un ombú centenario, ella decía la buenaventura mientras desvalijaba a sus enamorados. Ramón ignora que el joven Ducasse, admirador de Lucano, confundía la bella mestiza que lo había llevado varias veces a las corridas de toros, con la hechicera de la Farsalia, resucitada gracias a la asistencia prestada por cierto conocedor del brebaje extraordinario compuesto de espuma de perro rabioso, ojos de serpiente, entrañas de lince, médula de ciervo y cenizas de fénix.LA PARTIDA DE NACIMIENTO DE ISIDORE DUCASSE.
Todos sabemos que existen en Francia varios planteamientos sobre la obra de Lautréamont, inspirados en sentimientos diversos; y el genio de este poeta, así como la gran influencia que ha ejercido sobre la literatura actual, no necesitan ser defendidos.
Una ciudad sudamericana de civilización y de lengua españolas, Montevideo, ha contribuído más que ninguna otra región del Nuevo Mundo al enriquecimiento de la poesía francesa, dando, en el siglo XIX, dos poetas que pueden establecer el enlace entre el bajo-romanticismo y el simbolismo: Isidore Ducasse y Jules Laforgue.
En el siglo XX, Montevideo, abierto a las corrientes de la literatura francesa, ha dado a la metrópoli espiritual de América Latina un poeta cuya obra ha venido a aumentar los tesoros de la poesía francesa: Jules Supervielle.
Se ha dicho todo sobre el simbolismo y sus precursores, se ha escrito todo sobre la propagación de esta tendencia –si es que cabe expresarse así– y sobre las tertulias, las capillas y las escuelas surgidas entre los continuadores de Verlaine y Mallarmé.
Sin embargo, se omite muy a menudo en América hacer mención de un precursor de la cuarta generación simbolista, poeta cuya influencia en la literatura del siglo XX es indiscutible: Isidore Lucien Ducasse, que firmó sus obras con el seudónimo del Conde de Lautréamont.
Léon Bloy intentó rehabilitar la obra de Isidore Ducasse que permanecía siempre oculto y enigmático bajo su seudónimo meridional. Él se decía montevideano, pero su partida de nacimiento continuaba inencontrable. Rémy de Gourmont afirmaba que Lautréamont había nacido en 1846, mientras que Philippe Soupault lo hace nacer cuatro años más tarde. Varios escritores que se han ocupado de Lautréamont, sobre todo Rubén Darío, creen que el autor de los Cantos de Maldoror ha querido hacerse pasar por montevideano por espíritu de mistificación y con el fin de completar su atuendo extraño y legendario.
Según la fe de bautismo que se encuentra en la Catedral de Montevideo, el poeta nació en esta ciudad el 4 de abril de 1846 y fue bautizado el 16 de noviembre de 1847. Era hijo de François Ducasse, nacido en Tarbes en 1810, canciller de la legación de Francia, y de Célestine Jacquettes Davezac, nacida en 1822. Damos aquí el texto del acta de bautismo del poeta:
Isid.o Luci.o Ducasse.
En diez y seis de Novre. De mil ochoc.t cuar.ta y siete: yo el infr.to Cura vic.o del Cordón y Coadj.or del V.c Cura de esta I.M. D. José B. Lamas, bautizé solemnem.te en ella á Isidoro Luciano q. Nació el cuatro de Ab.s del año pp. Hijo leg.mo de Fran.co Ducasse y de Celestina Jacqueta Davezac – nal. de Francia. Ab.s p.s Luis Bern.do y Marta Damarc. M.s Dom.o M.a Bedouret. Por Padri.s Bern.do Luciano Ducasse repres.do por Eug.o Baudry y Eulalia Agregné de Baudry a q.s instruí y por verdad lo firmo.
Santiago Estrázulas y Falson.
Esta acta de bautismo concuerda exactamente con el documento que nos fue proporcionado por el Sr. André Gilbert, en diciembre de 1924 [y cuya traducción damos en nota (1)]: “L’an mil-huit-cent quarante-six, et le quatre avril à l’heure de midi: Par devant nous, Gérant du Consulat Général de France à Montévidéo, a comparu le Sieur François Ducasse, Chancelier délégué de ce Consulat, àgé de 36 ans; lequel nous a déclaré la naissance d’un enfant qu’il nous a présenté et que nous avons reconnu être du sexe masculin, né a Montévidéo, aujourd’hui, à neuf heures du matin, de lui déclarant et de Dame Célestine Jacquette Davezac, son épouse, âgée de 24 ans, et auquel enfant il a déclaré vouloir donner les prénomns de Isidore Lucien. Les déclarations et présentations nous ont été faites par lui en présence des Sieurs Eugène Baudry, âgé de 32 ans et Pierre Lafarge, âgé de 41 ans, commerçants français l’un et l’autre, demeurant à Montévidéo, qui ont signé avec le comparant et nous, après lecture faite. – Baudry. – Lafarge (2). – Ducasse. – Le Gérant du Consulat Général de France, M. Denoix.”
Los Ducasse eran originarios de los Altos Pirineos, y el padre del poeta, que vivió durante largos años en el Uruguay, fue uno de los fundadores del “Cercle Français de Montévidéo” en 1882. Era un hombre de estatura mediana, irónico, con la barba entrecana, poseedor de una cultura literaria sumamente refinada. Se esmeraba en aparecer elegante ante las damas y frecuentaba el mundo diplomático donde pasaba por un hombre de ingenio. Era rico y generoso y después de la muerte del poeta se radicó en Montevideo hasta 1886.
Encontraba una evidente satisfacción en vivir en esta ciudad de clima saludable y templado, y en la que “bajo un cielo luminoso –decía él– se realiza un tipo superior de civilización.
François Ducasse tenía del “dandy” la coquetería “fashionable” y una indiferencia flemática y desdeñosa que exhibía en bailes y recepciones. Era de una integridad moral reconocida y capaz de entusiasmo a pesar de su mirada hastiada y de ese aire distraído, lejano, propio del que está de vuelta de todo, y que era el supremo buen tono de los “cocodés”. Ocupaba un apartamento en el hotel de las Pirámides, sitio elegido en aquéllos tiempos para las veladas políticas y literarias.
Antes de su casamiento había trabado relaciones con la bailarina española Rosario de Toledo, muy alabada en los diarios de Río de Janeiro, en tiempos del emperador Pedro II. François Ducasse, que se jactaba de ser un “coleccionista de mujeres de teatro” (sic), deseoso de conocer a la bella actriz, aprovechó de la estada que Rosario hacía en Montevideo en compañía de un rico armador inglés, para obtener una entrevista con ella. Gracias a los buenos oficios de M. de B. , la bailarina consintió en cenar con el canciller en el apartamento que él ocupaba en la calle Misiones. Un mes más tarde, Rosario de Toledo, luego de una violenta disputa con el armador, llegó a ser la amiga oficial de François Ducasse. El enredo duró menos de un año. Rosario, abandonada por el canciller, volvió al Brasil, donde, según llegó a afirmarse, murió en una casa de salud.
En 1862, mientras en Montevideo se producía el conflicto entre el vicario apostólico de la ciudad y el gobierno de la República, el canciller Ducasse emprendió un viaje a través de las regiones tropicales de América del Sur, visitando Paraguay, Bolivia, Brasil y el norte de la República Argentina. Durante ese viaje comenzó un estudio de las civilizaciones pre-colombinas de las tribus guaraníticas, cuyo manuscrito inconcluso fue entregado a Eugène Beaudry, padrino del poeta, que también se había dedicado a investigaciones arqueológicas, después de haber estudiado la administración de los jesuitas en las Misiones fundadas en el siglo XVII en el norte de la República Argentina. Pero Eugène Beaudry fue asesinado por contrabandistas brasileños que despojaron y mutilaron el cadáver del padrino de Lautréamont. Se supone que los manuscritos de François Ducasse fueron quemados por los asesinos, junto con los apuntes de Eugène Beaudry sobre la administración jesuita que jamás aparecieron.
En el curso de su largo viaje, François Ducasse comprometió su fortuna y sufrió una violenta crisis de paludismo. Un negocio de madera preciosa en el Alto Paraguay le hizo perder una gruesa suma de dinero que él esperaba recuperar cuando cayó enfermo en un valle pantanoso de aguas salobres y malsanas, rodeado de colinas cubiertas de plantas tropicales. En un rancho perdido en medio de un país casi desierto François Ducasse sufrió accesos de fiebre y alucinaciones intermitentes mientras soportaba el calor del trópico americano.
Cuando François Ducasse leyó por primera vez los Cantos de Maldoror, se impresionó al descubrir analogías evidentes entre ciertas visiones de Maldoror y las alucinaciones que él había tenido en el rancho durante la fiebre. Sin embargo, el canciller había ocultado cuidadosamente a su hijo –inclinado a los viajes y a la aventura– los detalles de su odisea y las perturbaciones nerviosas de su enfermedad (3).
A su regreso a Montevideo , a pesar de las fatigas de la convalecencia . François Ducasse fundó una escuela de lengua francesa, en la que él mismo dictó un curso de conferencias sobre filosofía. Ante lo más escogido de la intelectualidad montevideana, expuso en ese colegio la influencia de Comte y del positivismo fuera de Francia y comentó las ideas de Edgard Quinet.
La escuela fundada por François Ducasse duró sólo cuatro meses y contribuyó a la ruina total del canciller. Este foco de alta cultura fue ciertamente una de las primeras tentativas de propaganda francesa en el Río de la Plata (4).
Las fatigas de sus viajes y las crisis periódicas de paludismo habían impreso en la frente de Ducasse más arrugas que los años. Murió en 1887 en la más extrema indigencia.Era en tiempos de los combates entre unitarios y federales, guerra fraticida que consumó la escisión de los pueblos del Río de la Plata. Años sombríos de incertidumbre y de sacrificio, en que la decisión ardiente de los montevideanos sitiados logra detener la invasión del ejército de Rosas el tirano. “El sitio de Montevideo –ha dicho un periodista francés testigo ocular de las luchas entre los pueblos del Río de la Plata– es uno de los acontecimientos más considerables en los anales políticos y militares del Nuevo Mundo. Interesa históricamente a toda la comunidad latina de América del Sur”. La guerra entre Rosas, dictador de la Confederación Argentina, y el gobierno de Montevideo duró desde 1835 hasta 1851. Francia e Inglaterra fracasaron tres veces en las tentativas de reconciliación entre ambos enemigos. En 1838 el tirano de Buenos Aires hizo inscribir en las actas y las proclamaciones: “Muerte al puerco inmundo Luis Felipe!! Muerte a los salvajes unitarios!!”, y lanzó la ofensiva. El sitio de Montevideo duró diez años. Dumas llamó a esta ciudad “una nueva Troya, tan constante pero más feliz que la antigua”. Lautréamont nació, pues, durante el sitio. Su padrino Eugène Beaudry formaba parte de las tropas franco-uruguayas (al mando del general Rivera, asiduo lector de Jean-Jacques, amigo y aliado de los franceses) que se apoderaron de Mercedes en 1846. Poco tiempo después Eugène Beaudry se enroló en las filas de la legión francesa, bajo las órdenes de los coroneles Du Château, jefe de la misión militar francesa, y Thiébaut, soldado bajo el Imperio” (5). La ayuda que esta heroica legión francesa prestó al gobierno de la Defensa Nacional fue preciosa y desinteresada; la intervención de Francia en favorde la “Nueva Troya” no tenía otro fin que el de defender, con el más noble idealismo, la causa de un pueblo oprimido que quería volver a ser libre. Lautréamont no puede guardar de esos años turbulentos de su infancia, más que un recuerdo impreciso. En 1867 se radicará en París para seguir los cursos de la Escuela Politécnica.
Llega a la “capitale infâme” en el mismo año de la muerte de Baudelaire. Arsène Houssaye, Eugène Vermersch, Banville y Champfleury vuelven del cementerio Montmartre donde rindieron culto al maestro. Asselineau medita la sustancia de su “Baudelairiana”, y mientras tanto los parisienses se deleitan con los “vaudevilles” de Meilhac y de Halévy. El barón Haussmann, “empresario de demoliciones”, ha impuesto ya su disciplina clásica y ha cambiado la fisonomía del viejo París. Frente al academismo imperial que se manifiesta en varios aspectos de la actividad artística, Manet inventa el caracterismo y prepara el desarrollo de las fórmulas impresionistas. La exposición universal y las concesiones liberales no pueden compensar la expedición romana y los fracasos de México y de Luxemburgo. París está lleno de contradicciones y el año 67 se presenta equívoco y desconcertante.La vida de este extraño poeta está nimbada por una leyenda prestigiosa. André Breton escribe en Les Pas Perdus: “Todo está en que, para hablar del Conde de Lautréamont, podamos atenernos a su obra. Isidoro Ducasse ha desaparecido en tal forma detrás de su seudónimo que hoy parecería una elaboración sutil de la imaginación identificar a ese joven ayudante de clase (?) con Maldoror o aún con el autor de sus Cantos·.
El estudio de una leyenda procura una enseñanza histórica saludable y fecunda. Pero sería un error insistir sobre el valor de un lugar común, a tal punto está probado que el estudio de las leyendas contribuye a la formación del juicio histórico y desarrolla el sentido crítico. Es sabido que una leyenda sintetiza los rasgos más salientes de un personaje y refleja el sentimiento colectivo de una generación. No es más que la expansión de la creación anónima de una época, o bien el resultado de la relación entre el estado de espíritu de la masa y la imaginación de un místico, de un poeta y hasta de un impostor. La leyenda, que tiene la calidad de un fenómeno social, posee a menudo la envergadura y el alcance de un símbolo, y, por más paradójico que parezca, encierra más verdad que la historia.
A principios del siglo, algunos poetas montevideanos fundaron la revista La Alborada. Todos ellos rendían culto a Lautréamont y contribuyeron a enriquecer su leyenda con los mitos y los relatos más extravagantes. Un escritor del grupo La Alborada, muy joven en aquellos tiempos, quería hacerse pasar por hijo de Lautréamont y se llamaba a sí mismo Bastardo de Maldoror. Parodiando una ocurrencia que Augusto Vitu había tenido a propósito de Baudelaire, decía en todos los cenáculos: “Lautréamont es una piedra de toque: desagrada invariablemente a los imbéciles”. En la casa de un poeta, célebre por la agresividad de su carácter antojadizo frente al clero, se exhibía el retrato de Lautréamont que un grabador desconocido había trazado limitándose a copiar casi el dibujo ejecutado por valloton para Le 1.er Livre des Masques. El poeta imitaba los gestos de Petrus Borel y había colocado sobre un viejo altar de caoba el retrato que representaba a Lautréamont con la cabeza aureolada. La caprichosa imagen, alumbrada por la luz de los cirios, llevaba esta leyenda en caracteres rojos: “Un poeta montevideano sin miedo y sin tacha”. Más abajo se leía: “Caminante, ve a anunciar al «Mercurio de Francia» que Lautréamont ha salvado a su ciudad natal y a la literatura francesa. Él es para Montevideo lo que Santiago es para España. Caminante, no lo olvides, no te aflijas y no hagas esa mueca”.
Según una tradición acreditada en el grupo La Alborada, un veterano de la Guerra Grande habría visto al joven Ducasse munido de un fusil y pronto a hacer fuego junto a los cañones de la ciudadela de Montevideo. El poeta, impasible sobre las murallas, oía silbar los obuses argentinos. Ahora bien, cuando se firmó la paz Lautréamont tenía menos de seis años. Era, a no dudarlo, un niño capaz de proezas.
Un adversario de la cultura francesa aseguraba, hace mucho tiempo, que la misantropía de Lautréamont era la consecuencia fatal de los espectáculos sangrientos de la época: en primer término la guerra fraticida entre Montevideo y Buenos Aires, y luego, las corridas de toros “herencia de barbarie de España, tan funesta para las ciudades sudamericanas”. Cuando se firmó la paz las corridas de toros y la doma de potros eran los juegos que más gustaban a los montevideanos. Se ha dicho que a Lautréamont le apasionaban esos espectáculos.
A la edad de doce años, en el patio de una quinta de los alrededores, Isidoro Luciano se divertía en romper a tiros de tercerola unas botellas de caña brasileña alineadas como bolos y luciendo viejos chacós que había encontrado en el altillo de la casa de su padrino Baudry. Alfred Jarry hizo lo mismo en su jardín de Corbeil, cuando destapó el champagne a tiros de revólver, ante el asombro de los vecinos y de la propietaria de la casa.
Se ha afirmado que el joven Ducasse, desde la edad de diez años frecuentaba a escondidas del padre los reñideros de los suburbios. En aquel tiempo, la afición por las riñas de gallos –resabio de la colonización española– estaba muy difundida entre el paisanaje uruguayo: un circo romano en miniatura, sin la piedad relativa de las vestales y en el que los gladiadores eran reemplazados por los gallos cuyos espolones estaban armados de púas de acero. Los jugadores hacían círculo en cuclillas, y los estancieros arriesgaban gruesas sumas apostando a sus gallos adiestrados para el combate. Por el año 1856, el circo de Santa Teresa del Pantanoso, en las afueras de Montevideo, era particularmente célebre. Había sido fundado a fines del siglo XVIII por soldados españoles de la guardia del gobernador Olaguer y Feliú, llamado el Ceremonioso. Los días de riña, a través de los caminos polvorientos los aficionados iban llegando a caballo, o en pesadas carretas arrastradas por bueyes que obedecían a la picana larga y flexible del carretero soñador. Terminadas las riñas de gallos, que duraban casi siempre toda la tarde, los paisanos, con su habitual atuendo de amplias bombachas o de chiripá floreado, anchos cintos con rastras de oro y plata, bailaban haciendo rodar y sonar sus espuelas de plata maciza sobre las baldosas rojas del enorme patio. Otros jugaban a la taba a la sombra de una enramada florida. Detrás del reñidero, un muro de ladrillos blanqueados coronado de glicinas, prolongaba su sombra refrescante sobre el gallinero espacioso, donde se encontraban los gallos destinados al combate. Allí, encerrados en estrechos jaulones alineados bajo un parral, seguían peleando, los cuellos estirados entre los barrotes. El reñidero estaba semioculto detrás de una colina reverdeciente, rodeada de árboles indígenas, a cuya sombra los aficionados maneaban sus caballos y tomaban mate que algunas mulatas de ojos oblicuos les cebaban con una paciencia de esclavas. Los días de fiesta, el joven Ducasse, munido de un látigo con mango de carey y plata y luciendo una gorra de oficial de la fragata “Aréthuse”, esperaba la balsa que lo llevaría a Santa Teresa del Pantanoso. La balsa tenía un techo de ramaje, bajo el cual los troperos tocaban el acordeón y cantaban los triunfos de los unitarios sobre los federales. El arroyo corría entre barrancos cubiertos de maleza. Ahí, junto a esos hombres que sacaban fajos de billetes de sus cintos de cuero adornados de plata, donde también brillaba la vaina de un puñal profusamente cincelada, Lautréamont se entregaba a la caza de pollas de agua, de garzas y de otras aves zancudas que abundaban en el Pantanoso. Otras veces se entregaba largamente a la contemplación de esas aves de perfil estilizado, inmóviles sobre un fondo de matorrales, y cuyo vuelo tenía un ritmo lleno de presagios. “El vuelo de las grullas friolentas” es, sin duda, un recuerdo del cielo de Montevideo, ese cielo luminoso atravesado por los zancudos migratorios. Al borde de las aguas turbias del Pantanoso, el poeta había oído el croar de las ranas. Es ahí sin duda que tuvo su primer diálogo con el sapo “de pupilas inquietas, monarca de estanques y pantanos”.En esa época François Ducasse era propietario de un inmueble situado en la calle Bacacay (algunos creen que Lautréamont nació allí). La casa estaba adornada con madera del Paraguay y tenía un zócalo de granito azul. En el salón, decorado con sencillez, había una vitrina regencia que contenía dagas, estribos, una colección de mates y de bombillas, varias estatuillas de madera policromada que provenían de las Misiones Jesuíticas y una miniatura que era –se decía– el retrato de una dama criolla, hija de un Alguacil Mayor. Había también una biblioteca donde se veía en extraña vecindad la Revue des deux Mondes, El Correo de Ultramar, el Annuaire du Bureau des Longitudes, algunos números de Le Patriote Français y de L’Echo Français (dos periódicos de la colonia francesa de Montevideo), un ejemplar de Gaspard de la Nuit y otro de Chroniques du Règne de Charles IX, todo ello “aprisionado entre clásicos”, según las palabras de un amigo del canciller. El cónsul de España regaló a François Ducasse dos jarrones de Toledo “que el joven Isidoro quebró en mil pedazos en un acceso de cólera a raíz de un altercado con su padre”.
Colgado en una pared del salón había un retrato del padre de François Ducasse vestido a la moda de 1818, apoyado en una “draisienne”; había también en otras paredes: una caricatura de Rosas, el tirano, dibujada por un legionario italiano; una estampa en la que Su Majestad Católica Carlos III estaba rodeada de los Santos Felipe y Santiago, patrones de Montevideo; un grabado que representaba una precesión en la que se veía, en primer plano, a varios magistrados rodeando el relicario, y, asomado a un balcón, un alcalde con el antiguo traje de cabildante (6); en una panoplia dominaba un trabuco español destartalado y enmohecido, con el cual el joven Ducasse se había entretenido en matar comadrejas.
Lautréamont viajó a Francia e hizo sus estudios en París. Las circunstancias de su formación intelectual son desconocidas.
Se ha dicho que conoció a Verlaine en Bélgica y que ambos habían trabado una estrecha amistad. Ahora bien, la llegada de Verlaine a Bélgica tuvo lugar dos años después de la muerte de Lautréamont.
Algunos autores han afirmado que Isidoro, perseguido por sus ideas republicanas, se había visto obligado a refugiarse en Bruselas, donde publicó Los Cantos de Maldoror. No creemos que haya pruebas de esta aserción.
Es imposible establecer una correspondencia exacta entre el medio montevideano hacia mediados del siglo XIX y la poesía de Los Cantos de Maldoror.
Montevideo, “la ciudad de América más próxima al corazón de Francia, la Atenas de estan nuevas comarcas latinas”, según ha dicho Paul Fort, está situado en el extremo occidental austral. Eso, en cuanto a las coordenadas. En cuanto a su aspecto, veamos lo que dice Loti, que visitó esta capital sudamericana pocos años después de la muerte de Lautréamont: “Recuerdo ese medio resplandor fresco de la mañana, ese cielo ya luminoso y aún estrellado, ese muelle desierto que costeábamos… Al pasar veíamos esas largas calles rectas, inmensas, abrirse una tras otra sobre el cielo que blanqueaba. En esa hora indecisa en que la noche iba a concluir, ni una luz, ni un ruido; de tiempo en tiempo veíase algún vagabundo sin albergue, con andar vacilante; a lo largo del mar tabernas peligrosas, grandes casas hechas con tablones, oliendo a esoecias y a alcohol, pero cerradas y negras como tumbas”.
Si la vieja teoría de Taine no hubiera caído en desuso, cabría recurrir a una especie de arqueología y de historia natural, para estar en condiciones de conocer las circunstancias físicas del clima y del “medio” capaces de explicar la obra de Lautréamont. Aplicar a la letra viejas teorías sobre la producción literaria es un pastiempo agradable pero estéril. Los procedimientos dogmáticos y demasiado exagerados aportan soluciones simplistas y casi pueriles e ilusorias, amén de arbitrarias y seudo científicas, cuyo determinismo estrecho y de primer plano está destinado a satisfacer a los espíritus ávidos de falsas precisiones, impotentes para sacudir el yugo de un pequeño sistema.
Los escritores que se han ocupado de la obra de Lautréamont, especialmente Léon Bloy, Rémy de Gourmont y Rubén Darío, han creído que el poeta se encontraba en estado de alienación mental cuando escribió Los Cantos de Maldoror, Philippe Soupault afirma que Lautréamont nunca estuvo loco. El autor de “A la dérive” dice que el montevideano llegó a París en 1867 y pasó a ocupar un cuarto en un hotel situado en la calle Notre-Dame des Victoires N 23. Allí escribía durante la noche y se dice que bebía una gran cantidad de café. Su cuarto era pobre y sombrío, sin más muebles que un piano, un lecho y dos baúles llenos de libros. En 1868, Lautréamont entregó al impresor su manuscrito de “Les Chants de Maldoror”. Al abandonar su primera vivienda el poeta se instaló en la calle Vivienne N 15, y comenzó allí el prefacio de sus Poesías. Murió el 24 de setiembre (sic) de 1870, arrebatado por una fiebre maligna, en una casa del Faubourg-Montmartre. El entierro tuvo lugar al día siguiente en una concesión temporaria del cementerio Del Norte. A continuación reproducimos el acta de deceso de Lautréamont publicada en La Révolution Surréaliste en el número del 15 de enero de 1925:Acta de Defunción de Isidore Ducasse
CONDE DE LAUTRÉAMONTActe de décès. Du jeudi 24 novembre de 1870, a 2 heures de relevée, acte de décès de Isidore-Lucien Ducasse, homme de lettres, âgé de 24 ans, né à Montevideo (Amérique méridionale), décédé ce matin à 8 heures, en son domicile, rue du Faubourg-Montmartre, n 7, sans autres renseignements. L’acte a eté dressé en présence de M. Jules François Dupis, hôtelier, rue du Faubourg-Montmartre, n 7 et Antoine Milleret, garçon d’hôtel, même maison, témoins qui ont signé avec nous, Louis Gustave Nast, adjoint au maire, après lecture faite, le décès constaté devant la loi. –J. F. Dupuis. – A. Milleret. – L. G. Nast. (7).El nacimiento y la muerte de Lautréamont han sido marcados por dos acontecimientos semejantes: el sitio de Montevideo y el sitio de París, dos épocas de sacrificio, de miseria y de heroísmo. El poeta nació y murió en la quietud otoñal turbada por cañonazos. En una atmósfera de incertidumbre, a la sombra de parábolas intermitentes trazadas por los obuses en un cielo ancho y azul, manchado de cobre, Lautréamont, a una latitud austral de 35, aprendió a navegar a través de los estados de su subconsciencia de niño soñador. Esta ensoñación nutricia y variada había de engendrar más tarde las bellas visiones que nos da su prosa rítmica donde tan bien se expresa el juego de su pensamiento puesto al desnudo.LA OBRA DE LAUTRÉAMONT
Cuando se habla de la reacción antiparnasiana, es costumbre pensar en 1873. Para la historia de la poesía esta fecha tiene menos importancia de lo que se cree. Por otra parte, los críticos aprecian a menudo arbitrariamente los valores de una época. Rimbaud y Corbière no han sido los primeros en sacudir el yugo del Parnaso: cinco años antes de la aparición de Les Amours Jaunes y de Une Saison en Enfer, Lautréamont publicó Les Chants de Maldoror. Esta pequeña cronología literaria del siglo XIX debe retenerse.
Lautréamont reaccionó a un mismo tiempo contra el Parnaso y contra el Naturalismo. A pesar de su pesimismo, él es el único poeta de su generación que no debe nada al Parnaso, y esta circunstancia es una prueba de cuán poderosa era su individualidad.
Los parnasianos tenían un feudo en la poesía. Tenían puestas sus miras en el nirvana pero hacían prosélitos. Mientras Villiers vacila entre el ocultismo, la teología cristiana y la herejía, Verlaine y Mallarmé hacen sus comienzos en el Parnaso. Más tarde, Rimbaud compone Le dormeur du val con una pequeña paleta parnasiana. En fin, hasta el año 1912, Apollinaire es aún un parnasiano.
Lautréamont, capaz de emoción plástica, no quiere servirse del pincel, rehúsa la crudeza de los colores llamativos, evita la “sauvagerie plastique” y no gusta en absoluto de los mármoles ordenados siguiendo una lógica rigurosa y convencional. Para Lautréamont el paisaje no es una tela, y su visión, plástica cuando no es difusa e inasible, jamás llega a ser una notación seca y minuciosa. Agreguemos a esto que la íntima esencia de su lirismo, la dirección de su poesía subjetiva, la inquietud de su constancia y el movimiento tumultuoso de sus aspiraciones inconfesadas se encuentran en los antípodas de las fórmulas parnasianas.
La “sonoridad metálica”, el orientalismo, el exotismo de cámara, el color local mezclado a la geografía, no interesan a Lautréamont.
El poeta de Maldoror se complace en un valor musical: el ritmo. Este refleja un estado interior. A menudo golpeado y de una rudeza arcaica, ese ritmo se arquea sin que su línea se retuerza. Es amplio, elástico y a veces palpita como una vela. Cuando se torna envolvente, da a la frase una ondulación flexible, aérea y exacta; e implica entre el sujeto y el objeto una doble relación metafísica y sensual. Lautréamont es, en cierto modo, un romántico atrasado. Su forma es expansiva, su lenguaje desbordante. A veces amontona las imágenes con una especie de violencia y hace variaciones en las metáforas hasta agotar su emoción primera.
Elige como tema “fealdades”. Esta es una manifestación del bajo-romanticismo y no del realismo. Las visiones de Maldoror desfilan como un cortejo inmenso. Los personajes, los reptiles, los animales gesticulantes, y todos los monstruos de la fauna de Lautréamont se mueven en una procesión fabulosa. La grandilocuencia para desarrollar la frase, ese gusto por lo siniestro, esa facultad de dramatizar las sombras y las formas son supervivencias del romanticismo. Sin embargo, el poeta reacciona contra el sentimentalismo, contra las efusiones confidenciales y biográficas. El “yo” de Lautréamont no se exhibe. Se expresa aquí y allá a través de Maldoror y el sapo, a través del paisaje angustiado y de la aparición grotesca. Es un “yo” en el que la idea y los datos poéticos dejan atrás la pasión y la sensibilidad inútil. Habría que precisar el sentido de los vocablos yo y subjetivismo para evitar una dificultad verbal. A Lautréamont le preocupa sobre todo conocer y captar su yo (sin llegar a la introspección propiamente dicha) más que hacerlo espejear sobre el mundo exterior. La controversia entre los tomistas Massis y Maritain por una parte y Jacques Rivière por la otra es un hecho altamente significativo. Este último señala sutilmente la diferencia entre el individualismo y el subjetivismo.
Pero Lautréamont es sobre todo un simbolista (8). (Esta palabra tiene el inconveniente de ser capciosa). En primer término el poeta posee una delicada facultad de análisis que le permite obtener correspondencias agudas entre el ambiente y las fibras secretas de su conciencia. La sugestión y el símbolo que de ahí resultan contribuyen a variar el giro, la flexibilidad y la holgura poética de los cantos. El poder de despojar su visión de todo oropel ornamental y tonalidades tornasoladas y vanas, dan a esta poesía una profundidad más áspera y más trascendente. El poeta no se limita a evocar. Es más bien una manera de hacerse vidente.
En la frase amplia de esta prosa el símbolo no impide la abstracción. Su pensamiento se desarrolla sin discontinuidad, en una extensión que él mismo se ha creado. Además, compone y escoge con discernimiento los materiales constructivos de su obra compacta y muchas veces sólida. Sabe fijar las imágenes que ha concretado, así como los colores, las vibraciones y los seres en planos y siguiendo un ritmo interior. Sabe situar su emoción estética en un medio irreal y detener sus ideas en un espacio desmesurado y fluctuante. Capta su apercepción en una coyuntura. El símbolo, en él, no es esotérico: puede prescindir de glosas y no ha de ser necesariamente descifrado. La poesía de Les Chants de Maldoror posee una flexibilidad capaz de seguir las sinuosidades de los lazos que unen la subconsciencia a la forma tangible.
Lautréamont, sin recurrir al procedimiento pictórico y a la pincelada rutilante y precisa, logra esbozar escenas de pesadilla goyesca. Pero de pronto las formas se desvanecen y el diálogo se acentúa. El poeta abandona el símbolo a punto de transformarse en ideograma plástico, y desarrolla un tema detallado en el que un episodio da al canto la apariencia de un cuento o de un relato… Nuevo cambio: el autor se concentra y el poema reaparece. Maldoror habla: el trasplano de su conciencia se enlaza en acercamientos equívocos a la realidad deformada.
Lautréamont es un precursor que vivió en una soledad huraña; Maldoror (desdoblamiento teórico de su espíritu) queda como el mistagogo de varias generaciones de poetas (desde el cubismo hasta Dada). Él habría podido ser el teorizador anticipado del surrealismo, pero, quiso pasar los mejores años de su juventud deambulando a través del laberinto poético que él se había creado y del cual conocía todos los secretos y las sinuosidades más sutiles. André Breton cita en su Manifeste du surréalisme, entre los ejemplos de imágenes surrealistas, este pasaje de Los Cantos de Maldoror: “Bello como la ley del desarrollo del pecho en los adultos cuya propensión al crecimiento no está en relación con la cantidad de moléculas que su organismo asimila”.
En París, Lautréamont vivió solo, sin amigos, siempre apartado de los cenáculos y de las agrupaciones artísticas. Su imaginación (algunos la tildan con desdén de extravagante y enfermiza) lo lleva a deshojar afiebradamente su misantropía; la amargura y el odio que le inspiran la creación y la tradición bíblica lo llevan a mostrar lo que hay de abyecto en la vida y la conciencia moral del hombre. Sus gustos mórbidos exaltan su actividad cerebral y ponen en juego todas las facultades de su espíritu. Su musa planea sobre los hospitales donde se oyen los estertores de los moribundos o bien se lanza en un vuelo vertiginoso hacia las regiones de la locura y de los ensueños patológicos en los que los cadáveres despanzurrados muestran sus gusaneras.
Lautréamont está obsedido por la fealdad ética de “los malditos”, es decir, de los hombres: “Adiós, anciano, y piensa en mí, si me has leído. Tú, joven, no te desesperes; pues tienes un amigo en el vampiro, a pesar de tu opinión contraria. Contando el acarus sarcopte que produce la sarna, tendrás dos amigos”.
Si hemos de creer en la leyenda, la conciencia de Maldoror no es más que el estado habitual de Ducasse.
Después de Los Cantos de Maldoror (esta obra, no obstante su división aparente en 59 poemas en prosa, forma un todo homogéneo) Ducasse escribió el prefacio de las Poesías en el cual ordena “quemar sobre una pala enrojecida al fuego, con un poco de azúcar rubia, el pato de la duda de labios de vermut, que, derramando en una lucha melancólica entre el bien y el mal, lágrimas que no vienen del corazón, sin máquina neumática hace, en todos lados, el vacío universal”.
Este prefacio, que tiene el valor de un manifiesto, es una reacción contra Los Cantos de Maldoror: “Reemplazo la melancolía por el coraje, la duda por la certidumbre, la desesperación por la esperanza, la maldad por el bien, las quejas por el deber, el escepticismo por la fe, los sofismas por la frialdad de la calma y el orgullo por la modestia”, escribe encabezando el prefacio, y Philippe Soupault observa con gran exactitud en la nota que pone como introducción a las Poesías: “Algunos verán ahí un arte poética; no es sino una contradicción y una prueba por el absurdo. El poder omnímodo de la poesía estalla en Los Cantos de Maldoror. En el prefacio queda reducido a nada”.

 

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