PLANO DE MONTEVIDEO EN 1845.

Al este de las defensas desmanteladas de la época colonial, se edifica en 1843 una línea norte-sur (llamada “interior” más tarde) paralela a estas últimas, sobre el emplazamiento de las actuales calles Ëgido y Yaguarón. Parte de la rada hacia la Aguada y vuelve a unirse al Río de la Plata cerca del Cementerio Central. La isla de las Ratas (o de la Libertad) en la bahía y la fortaleza del Cerro más al norte completan el sistema defensivo.


Entre 1844 y 1847 algunas baterías fortificadas y unidas entre ellas por trincheras constituyen una línea llamada “exterior”, paralela a las precedentes, más allá de las poblaciones del Cordón y de la Aguada parcialmente arrasadas para permitir el tiro de las baterías de la línea interior. delante de esta línea exterior, avanzadas y puestos de escuchas llegaban hasta el emplazamiento actual del bulevar Artigas, donde se encontraban las primeras líneas del ejército sitiador.


Los franceses participaron activamente en la fortificación de la ciudad. Ya en 1839, cuando la amenaza de invasión del general Echagüe, se hicieron trabajos de acuerdo con los planes y bajo la dirección del capitán de artillería de la marina francesa Adolphe d’Hastrel. En 1843, bajo el impulso del general Paz y en medio de un entusiasmo conmovedor, fueron sobre todo los emigrantes vascos y bearneses quienes suministraron los materiales y la mano de obra como ladrilleros, canteros, acarreadores y albañiles. Se utilizaron mucho los servicios del ingeniero Jean-Pierre Cardeillac en las fortificaciones cuyo director fue el mayor de ingenieros José María Echeandía. La escuadra francesa durante el sitio desembarcó una cantidad apreciable de cañonescon sus artilleros para proteger a los emigrantes franceses no armados, en caso de ataque del ejército sitiador del general Oribe. Por último, el servicio de las líneas fortificadas estaba asegurado a menudo por los numerosos emigrantes alistados en la “Legión Francesa” del coronel Thiébaut.


(Grabado de la revista “L’Illustration, de París. Número del 23 de junio de 1845).

"BELLEZAS” DE BUENOS AIRES Y MONTEVIDEO, CITADAS POR DUMAS EN LA “NUEVA TROYA”:

DOÑA JOSEFA DE LAVALLE GONZÁLEZ ROSS DE COBO (1804-1890) (BUENOS AIRES).

CELESTINA BATLLE DE LENGUAS (MONTEVIDEO).

EL GENERAL JUAN MANUEL DE ROSAS (1793-1877)
Gobernador de la provincia de Buenos Aires y encargado de las relaciones exteriores de la Confederación Argentina, fue prácticamente dictador de esta última entre 1829 y 1852. Durante su gestión de gobierno, los ingleses ocuparon las Islas Malvinas y Rosas les propuso canjearlas por la deuda contraída con los banqueros Baring Brothers. Derrocado en 1852, fugó en una fragata inglesa, encontrando refugio en el Imperio Británico hasta su muerte en Southampton en 1877. Sus restos fueron repatriados en 1989 por el entonces presidente Carlos Menem.
(Litografía de Julien, según un dibujo de Gaetano Descalzi, con la leyenda: “Rosas el Grande”, en el Museo Histórico Nacional de Buenos Aires. La firma ha sido tomada del Archivo Nacional de Buenos Aires, en uno de los primeros documentos oficiales del general).

MANUELA DE ROZAS Y EZCURRA (MANUELITA)
Alejandro Dumas, en su “Nueva Troya”, hace el elogio de la hija del gobernador. “No es una mujer hermosa, es más tal vez. Es una persona encantadora, de figura distinguida, de un tacto profundo, coqueta como una europea, muy preocupada sobre todo del efecto que produce en los extranjeros…”
Tuvo un papel importante en las relaciones diplomáticas entre su padre, “su tatita”, y los agentes de los gobiernos Europeos.

SOLDADO DEL EJÉRCITO DE ROSAS.
Cuadro pintado por Monvoisin sobre cuero de potrillo. “El soldado federal” aparece aquí con todas sus características: los largos bigotes caídos y la barba afeitada en el mentón, lo que contrasta con el labio superior afeitado y el collar en U de los unitarios; el bonete de manga roja con su borla, la chaqueta roja, el chiripá con sus franjas, el calzoncillo cribado, las botas de cuero de potro, las enormes espuelas sonoras al andar, el ancho cinto adornado de cuatro gruesas monedas sirviendo de broche y, en la mano, el infaltable mate y su bombilla.

EL GENERAL FRUCTUOSO RIVERA (1788-1854).
Presidente de la República del Uruguay de 1830 a 1834, luego de 1838 a 1843, el general Rivera fue en el transcurso del sitio de Montevideo jefe del ejército uruguayo del interior, luchando detrás del campo sitiador contra los contingentes oribistas y rosistas de la campaña.
(Boceto al óleo de Juan Manuel Blanes. Museo Histórico Nacional de Montevideo).

EL GENERAL MANUEL DE ORIBE (1790-1857).
Presidente de la República del uruguay de 1835 a 1838, calificándose presidente legal durante la “Guerra Grande”, el general Oribe fue jefe de las fuerzas uruguayas y argentinas que sitiaron a Montevideo de 1843 a 1851.
(Litografía de Ibarra. Colección del Sr. Alejo B. González Garaño, de Buenos Aires).

JOSÉ GARIBALDI (1807-1882).
Defensor de Montevideo bajo el doble título de coronel de la Legión italiana y de almirante de la flotilla uruguaya, partió de Montevide en 1848 para intentar la liberación de Italia.
Aparece aquí vestido con la “camisa roja” y el poncho blanco forrado de rojo que usaba en los países del Plata.
Esta litografía, hecha en Torino en 1848, utilizó un croquis del natural tomado en Montevideo por el legionario italiano G. Gallino (Museo Histórico Nacional de Montevideo).

ALMIRANTE GUILLERMO BROWN (1777-1857).
Irlandés de origen, después de una vida llena de aventuras durante las guerras de la Revolución Francesa y del Imperio napoleónico, llegó a ser en 1814 jefe de la escuadra de las “Provincias Unidas” y se cubrió de gloria en todos los mares de la América latina contra las poderosas flotas de españa y del Brasil.
Rosas, que lo estimaba mucho a pesar de ser extranjero, llamándolo con afecto “el viejo Bruno”, logró hacer de él el almirante de la Confederación Argentina. A ese título, Brown fue el adversario de José Garibaldi, jefe de la flotilla montevideana; bloqueó a Montevideo a comienzos del gran sitio, hasta que su flota fuese capturada en 1845 por la escuadra combinada franco-inglesa. Este episodio puso fin a su larga y gloriosa carrera de marino.
(Daguerrotipo de la colección del Sr. Alejo B. González Garaño, de Buenos Aires).

EL CORONEL MARCELINO SOSA.
Es el Héctor de la “Nueva Troya”, de Alejandro Dumas, quien hace de él un largo ditirambo y cuenta su muerte gloriosa el 8 de febrero de 1844, bajo los muros de Montevideo, durante una salida temeraria.
(Grabado anónimo de “L’Illustration”, de París –número del 14 de diciembre de 1859– según un daguerrotipo facilitadopor el capitán Adolphe d’Hastrel, autor de un artículo sobre “Les Défenseurs de Montevideo” en el mismo número de esa revista).

VOLUNTARIO FRANCÉS Y VOLUNTARIO VASCO, DEFENSORES DE MONTEVIDEO.
Los uniformes de los legionarios extranjeros, variables según la nacionalidad o el arma, eran pintorescos y atractivos, por lo menos al comienzo del sitio.
Dentro de la Legión Francesa los zapadores, sobre todo, llamaban la atención con su blusa, su delantal de cuero, su hacha, su sable-puñal y su gorro de pelo que recordaba el de los veteranos del Imperio napoleónico y el de los guardias nacionales del reinado de Luis Felipe. Los artilleros tenían el uniforme de los artilleros contemporáneos de Francia. Los músicos llevaban capote azul de cuello celeste como el quepis, uno y otro con galón de plata, y estaban armados con el sable recto. Los infantes llevaban blusa y pantalón azul obscuro y el quepis rojo con cinta azul para las compañías de granaderos, azul con cinta roja para los fusileros y azul con cinta amarilla para los cazadores. Los vascos del tercer batallón tenían la chaqueta redonda en paño azul y la famosa boina bearnesa también azul. Franceses y vascos sostenían sus cartucheras a un ancho cinto negro con hebilla al frente.
(Grabado de “L’Illustration” de París. Nš del 28 de junio de 1845).

EL CORONEL JEAN-CHRYSOSTOME THIÉBAUT (1790-1851).
Antiguo oficial de los ejércitos napoleónicos, fue en Montevideo una reencarnación del Jean-Séraphin Flambeau de Rostand. Aclamado en 1843 como jefe de la “Legión Francesa”, murió de agotamiento y en un semiabandono en 1851, antes de que el sitio fuera levantado.
(Grabado de G. Geoffroy en “L’Illustration”, de París, número del 28 de julio de 1845).

SOLDADOS URUGUAYOS AL SERVICIO DE LA “DEFENSA DE MONTEVIDEO”: INFANTERÍA Y ARTILLERÍA.
Este dibujo, que apareció sin firma ni rúbrica en “L’Illustration”, de París (número del 28 de junio de 1845), es uno de los pocos documentos que se posee sobre los uniformes de los soldados rasos de Montevideo.

TAMBOR DEL EJÉRCITO MONTEVIDEANO.
La infantería de la “Nueva Troya” estaba casi totalmente integrada por negros recientemente libertados de la esclavitud. Este tambor, con gorra de manga y chiripá de mantilla, está descalzo, lo que demuestra la pobreza de los recursos de la ciudad sitiada.
El autor de esta acuarela, Emilio Regalía se documentó para ella en un cuadro del pintor bávaro J.M. Rugendas.

EL GENERAL MELCHOR PACHECO Y OBES (1809-1855).
Figura en la primera página de la revista ilustrada más célebre de París, lo que demuestra cómo atraía la atención entonces en Francia. La firma reproducida figura al pie de una carta inédita fechada en París de 2 de marzo de 1850, dirigida a Andrés Lamas, entonces representante del Gobierno de Montevideo en Río de Janeiro. En ella, el general habla de la “estrecha amistad” que ha contraído con Alejandro Dumas y de la publicación de la “Nueva Troya”

(Archivo Nacional de Montevideo).
(Grabado de “L’Illustration”, 19 de enero de 1850).

ALEJANDRO DUMAS (PADRE) (1803-1870).
Pastel de grandes dimensiones ofrecido al general Melchor Pacheco y Obes por Alejandro Dumas en el transcurso de la misión del general en París.
(Museo Histórico Nacional de Montevideo, sin indicación de autor. Donación de don Mariano Ferreira, secretario del general durante su primera misión a París, en 1849 y 1850).

EL CONTEXTO HISTÓRICO

 

Jacques Duprey:

Alejandro Dumas, Rosas y Montevideo (*)

 

Que Alejandro Dumas haya sido el novelista de las guerras civiles en los países del Plata en el siglo XIX, puede sorprender a los lectores más avisados del célebre escritor, así sean argentinos, uruguayos o franceses. Las obras que van a constituir el objeto de este estudio son, en efecto, poco conocidas hoy, y muy poco difundidas.
Pero ¿puede estar seguro un lectorde no descubrir algo en esta obra enorme que asombró y cautivó al mundo cuando su aparición y cuyo éxito no está agotado? “Vaudevilles”, tragedias y dramas históricos; comedias, libretos de ópera cómica y misterios a la manera del siglo XV; novelas de aventuras , de amor y de historia que no forman menos, por sí solas, de doscientos cincuenta y siete volúmenes; novelas breves y cuentos para niños; relatos de viajes, recuerdos de una vida fabulosa y correspondencias de todo orden; relatos históricos, noticias, crónicas y memorias; temas de arte y recetas de cocina; campañas de prensa políticas, literarias y judiciales en diarios de los cuales era a menudo propietario: el buen y terrible gigante abordó todo, y, para su vasto público popular, triunfó en todo.
La sangrienta rivalidad de Buenos Aires y Montevideo aparece en esta obra colosal y multiforme, durante una sola década, dependiendo de cuatro géneros diferentes: el diario de actualidad política y literaria, el libelo histórico, el cuento autobiográfico y la traducción libre de memorias ajenas.
Al comienzo de 1850, Alejandsro Dumas dedica a este tema un número entero de su diario Le Mois, alrededor del cual sostiene una propaganda de pregonero. Poco después, lanza su ditirambo vengador: Montevideo ou une nouvelle Troie, opúsculo que, en francés, en español o en italiano, en cuentra de inmediato un éxito asombroso en el Viejo y el Nuevo Mundo. En 1856, los ecos de esta trágica epopeya alimentan confidencias enternecidas de un capítulo de Une Aventure d’amour, pequeña obra en que Dumas habla sobre todo de sí mismo. En 1859, la gloria de Montevideo es cantada ruidosamente de nuevo cuando aparecen Les Mémoires de Garibaldi, traduits sur le manuscrit original par Alexandre Dumas.
Pues el inagotable escritor sabía vestir rápidamente de maneras diversas y provechosas los temas que lo habían conquistado y por medio de los cuales podía mantener el entusiasmo de su buen público popular.Que Alejandro Dumas haya tomado la defensa de Montevideo puede sorprender a quien no conozca el inverosímil sitio sostenido por la ciudad del 16 de febrero de 1843 al 8 de octubre de 1851, durante ocho años, siete meses, y veintiún días , contra las tropas del general uruguayo Manuel de Oribe y de su aliado, el terrible dictador de la Confederación Argentina, Juan Manuel de Rosas.
La suerte de Montevideo, transformada en una nueva Troya, apasionaba entonces a Europa y las Américas. Lo testimonian todavía hoy las bibliotecas antiguas de Montevideo y Buenos Aires, con sus pequeños libros ardientes de la época del sitio; las colecciones de los numerosos diarios de las dos ciudades rivales, y de Río de Janeiro, de Londres, de París; las recopilaciones de debates parlamentarios y los muy ricos archivos diplomáticos de la Argentina, Uruguay, Paraguay, Brasil, Estados Unidos, Inglaterra, Francia.
En Europa, hasta en Francia, se ha perdido el recuerdo de esas cruentas guerras civiles de los países del Plata. Y sin embargo, escritores, oradores, periodistas, hombres políticos como Aberdeen, Peel, Palmerston, O’Connell, Disraeli, Metternich, Pío IX, Lamartine, Thiers, Guizot, de Tocqueville, Berryer, Montalembert, Molé, Barrot, de Girardin, Drouyn de Lhuis, favre, Rouher… disputaron, de buen o mal grado, a propósito de Montevideo, el bastión de las libertades americanas y mundiales para unos, la guarida de la anarquía y del agiotaje internacional para otros.
Este sitio interminable es una verdadera pesadilla para los grandes hombres de Estado de Francia y de Inglaterra, obligados a sostener con la oposición de las Cámaras duelos oratorios agotadores, con la opinión pública polémicas sin cesar renacientes, con los enviados argentinos, uriguayos y brasileños discusiones las más de las veces agrias y penosas. Envían al lugar de los sucesos misiones de todas clases, oficiales u oficiosas, conciliadoras o enérgicas, verdadero peregrinaje de hermanos misioneros que no llegan a liberar la ciudad ni a hacerla ceder: en 1842, misión De Lurde-Mendeville; en 1845, misión Deffaudis-Ouseley, complicada por las misiones de Mareuil, Page y Hood; en 1847, misión Walewski-Howden; en 1849, misión Gore-Gros; en 1848 y 1849, misión Southern: en 1849, en 1850 y en 1851, misiones Le Predour, ayudadas por las de los oficiales de marina Goury de Roslan y Tardy de Montravel, dificultadas por la del teniente coronel Coffinières, sin contar otras, más secretas aún, como la misión Marivault, que permanecen desconocidas de los investigadores en los archivos de París y Londres.
Aguas afuera de Montevideo, y en su rada, anclan cientos de barcos de guerra: las flotas expedicionarias francesa e inglesa que intervienen de tiempo en tiempo activamente en las operaciones, las flotas de observación brasileña, norteamericana, española, portuguesa, sarda. Las operaciones marítimas parten casi todas del puerto de Montevideo libertado del bloqueo del almirante rosista Guillermo Brown. Terminan por extenderse a todas las costas del Río de la Plata, a los cursos de los ríos que son sus tributarios: el Uruguay y sus afluentes, remontados por la flotilla uruguaya del intrépido Garibaldi, y el Paraná forzado hasta el Paraguay por una importante flota franco-inglesa, después de cruentos combates.
En la ciudad misma, Inglaterra y Francia, las dos únicas potencias de la época capaces de sostener una vasta política mundial, desembarcan cañones marinos, soldados de regimientos ingleses de paso, un cuerpo expedicionario francés especial. Pero de una y otra parte de las fortificaciones montevideanas, sitiadores y sitiados permanecen inmutables. Si el ejército del general Oribe no comprende sino contingentes uruguayos, argentinos rosistas y vascos españoles carlistas, el ejército de Montevideo es mucho más abigarrado: un estado mayor de oficiales uruguayos y argentinos anti-rosistas, algunos de los cuales han participado en las gloriosas guerras de la independencia, una caballería uruguaya de gauchos riveristas, una infantería de negros recientemente libertados de la esclavitud, formaciones de emigrados políticos argentinos. Importantes legiones de emigrantes europeos: españoles, ingleses, vascos franceses, franceses e italianos. Los jefes directos de estas tres últimas son el comandante Jean-Baptiste Brie, descendiente de una vieja familia francesa de los Pirineos, el coronel Jean-Chrisostome Thiébaut, ex-oficial de Napoleón I y el “coronel almirante” José Garibaldi, revolucionario internacional y futuro héroe de la Italia libre.
Fuera de toda ideología política, de todo sentimiento humanitario, de todo interés novelesco, los nombres de Montevideo y Buenos Aires, si no las causas enemigas que ellos sostenían, eran familiares a una gran parte de la opinión francesa. Muchas familias tenían parientes y amigos –marinos, soldados, comerciantes o ganaderos–, en estas riberas del Plata que habían llegado a ser la pesadilla de la diplomacia francesa, después de haber sido, de 1830 a 1842, el principal centro que fijaba la emigración de una Francia entonces superpoblada.
Aunque Alejandro Dumas no sintiera casi inquietudes metafísicas y su alma tuviera ecos menos puros, podía en 1850 hacer suyos estos versos de Victor Hugo, su rival en polularidad:
“Mon âme aux mille voix que le Dieu que j’adore
“Mit au centre de tout comme un écho sonore…”
Con algún retardo y sobre todo con la ayuda muy eficaz de un fogoso montevideano amigo suyo, Dumas llegó a ser el bardo de un tema popular en Francia que los más grandes escritores románticos habían ya orquestado en tonalidades muy diferentes. Todos, aparte el despreocupado Musset, se habían creído consagrados a grandes destinos políticos, por orgullo, ambición o generosidad de alma. Casi todos se preocuparon por las guerras sudamericanas.
Chateaubriand, con su orgullo de gran aristócrata, su repeto místico de la tradición realista y católica, su desdén por los insurrectos de América española, cualesquiera que fuesen, puesto que declaraban su afinidad con la ideología francesa del 89.
Lamartine, no con el noble idealismo de las Meditaciones, de las Armonías, de Jocelyn, o hasta de la Historia de los Girondinos, sino con su desprecio de señor terrateniente y tradicionalista para con la plebe urbana y miserable de los emigrantes franceses de Montevideo.
Guizot, como gran burgués doctrinario, hábil para simplificar teóricamente las cuestiones más complejas; como hombre de Estado conservador hábil para contemporizar, para debilitar los entusiasmos intempestivos.
Thiers, como burgués liberal elocuente, pero también como político taimado sirviéndose de la causa de Montevideo, más que sirviéndola, para acrecentar su popularidad en las Cámaras y derrocar a sus enemigos políticos.
Michelet y Georges Sand con una sinceridad de buena ley, un idealismo generoso pero un poco hueco a la manera del 48.
Después de esas grandes voces, Alejandro Dumas eleva la suya, brillante y fogosa, como periodista de combate, como libelista ruidoso, como novelista elocuente de una causa fácilmente popular.
Y es así que, ya al finalizar el sitio, apareció en París, bajo su nombre prestigioso, este pequeño libro, hoy más célebre por su título que realmente conocido en su texto: Montevideo o una nueva Troya.Presentación de la “Nueva Troya” y de las obras de Alejandro Dumas que se relacionan con ella.
En el comienzo de la obra, dedicada a los heroicos defensores de Montevideo, la ciudad aparece dispuesta como un decorado de teatro. Alejandro Dumas debió vanagloriarse de esta tirada, pero a los montevideanos, sobre todo a los más jóvenes, les cuesta reconocerse allí:
Cuando el viajero llega de Europa en una de esas naves que los primeros habitantes del país tomaron por casas volantes, lo que ve ante todo, después que el vigía grita ¡tierra1 son dos montañas: una montaña de ladrillos, que es la catedral, la iglesia madre, la matriz, como se dice allá, y una montaña de piedra, jaspeada por cierto verdor y coronada por un fanal: esa montaña se llama el Cerro.
Luego, a medida que se aproxima, debajo de las torres de la catedral cuyas cúpulas de porcelana centellean al sol, a la derecha del fanal colocado sobre el montículo que domina la vasta llanura, distingue los miradores innumerables y de formas variadas que coronan casi todas las casas; luego, esas mismas casas rojas y blancas, con sus azoteas, fresco repaso de la tarde; luego, al pie del Cerro, los saladeros, vastos edificios donde se salan las carnes; luego, por fin, al fondo de la bahía bordeando el mar, las encantadoras quintas, delicia y orgullo de los habitantes, que hacen que en los días de fiesta no se oigan más que estas palabras corriendo por las calles: “¡Vamos al Miguelete! ¡Vamos a la Aguada! ¡Vamos al arroyo Seco!”
Luego, si ancláis entre el Cerro y la ciudad, dominada desde cualquier punto que la miréis por su gigantesca catedral, leviatán de ladrillo que parece hendir las olas de casas; si el bote os lleva rápidamente bajo el esfuerzo de sus seis remeros hacia la playa; si, de día, véis en el camino de esas bellas quintas grupos de mujeres vestidas de amazonas y jinetes en traje de montar; si, de noche, a través de las ventanas abiertas y vertiendo en las calles torrentes de luz y de armonía oís los cantos de los pianos o las quejas del arpa, los trinos chispeantes de las cuadrillas o las notas quejumbrosas de los romances, es que estáis en Montevideo, la virreina de ese gran río de plata cuya reina pretende ser Buenos Aires, y que se vuelca en el Atlántico por una desembocaura de ochenta leguas.
Después de esta brillante obertura, Alejandro Dumas entra resueltamente en la maravillosa historis del Uruguay desde los orígenes. El adjetivo maravillosa es suyo y no deja de inquietar un poco al lector cuidadoso de la verdad.
Oímos al vigía del primer barco que hendió con su proa las aguas del Río de la Plata, gritar en lengua latina: ¡Montem video!, y asistimos al suplicio del descubridor Juan Díaz de Solís, muerto, asado y comido por los indios charrúas, sin otra forma de proceso.
Dos siglos y medio más tarde surgió bruscamente su vengador, un hombre de una fuerza hercúlea, de una talla gigantesca, de un celo inaudito: Don Jorge Pacheco. Este nuevo Mario, vencedor de estos nuevos Teutones, extermina a los charrúas en un abrir y cerrar de ojos, y el viajero que sigue paso a paso la civilización. Esa gran diosa que, semejante al sol, marcha de oriente a occidente, puede ver aún hoy blanqueando al pie del monte Aceguá las osamentas de los últimos charrúas.
Este providencial Jorge Pacheco desempeña algún tiempo después un papel considerable luchando, en nombre de España, contra ejércitos de contrabandistas mandados por un joven de veinte a veinticinco años, bravo como un viejo español, sutil como un charrúa, ágil como un gaucho, con trs razas en la sangre ya que no en el espíritu, y que no es otro que José Artigas, el héroe de la independencia del Uruguay. Y el duelo formidable de éste, que representa el partido nacional de la campaña alejada de las costumbres españolas y portuguesas, y de aquél que representa el valor caballeresco del viejo mundo, de los Colón, los Pizarro y los Vasco da Gama, termina por el noble retiro del segundo, que, como un antiguo romano sacrifica su orgullo por el bien del país. Entonces, como uno de esos bandidos romanos –de una época más reciente esta vez– que se someten al Papa y pasean venerados por las ciudades cuyo terror habían sido, Artigas hizo su entrada triunfal en Montevideo…
Después de haber llamado al orden a un cierto capitán inglés Head, que osó confundir al hombre de la campaña con el gaucho, Alejandro dumas condena a este último, gitano del nuevo mundo, azote del hombre de las ciudades y del hombre de la campaña a la vez.
Después, entramos sin demoras en el período de las guerras de la independencia resumidas por esas breves escenas dialogadas cuyo secreto posee Dumas; secreto fácil dirán los puristas, pero de efecto seguro. He aquí, a título de ejemplo, el relato de la batalla de Ayacucho que, en 1824, puso fin a la resistencia española en todas las américas:
Fue el general patriota Alejo Córdova quien comenzó la batalla…
¡Adelante!, gritó poniendo el sombrero en la punta de su espada.
–¿A paso redoblado o a paso ligero?, se le preguntó.
¡A paso de victoria!, respondió.
Por la noche, todo el ejército español había capitulado.
A propósito de disentimientos, bajo los muros de Montevideo, entre el porteño Alvear y Artigas que, esta vez como Aquiles, se había retirado a su tienda, Dumas se embarca en un largo paralelo, más que atrevido, entre el gaucho de la provincia de Buenos Aires, cargado de todos los pecados, y el hombre de la campaña de Montevideo, adornado de todas las seducciones.
El primero, establecido desde hace tres siglos en inmensas landas tristes, sin bosques y sin agua, adquirió un carácter huraño y pendenciero; volvió en cierto modo, al estado salvaje en contacto con los indígenas con los cuales cambiaba un caballo por plumas de avestruz, aguardiente y tabaco por astas de lanza. El segundo, establecido desde hace un siglo solamente en una hermosa región de valles decorada con el quebracho de corteza de hierro, el ubajaé del fruto de oro y el sauce de ricas ramas, conservó las tradiciones de la vieja Europa civilizada, con un carácter abierto y hospitalario.
Y Dumas concluye:
Para el gaucho de Buenos Aires, el tipo de la perfección es el indio a caballo.
Para el hombre de la campaña de Montevideo, el tipo de perfección es el europeo cinchado en su traje, ahorcado por su corbata, aprisionado por sus polainas y sus tirantes.
En el curso de la obra, el demonio de la antítesis lo llevará a esta afirmación: Los argentinos son tan extraños al estado oriental como los chilenos o los ingleses.
Un segundo paralelo, más graciosamente florido, entre el porteño y el montevideano, merece ser citado por extenso. Es por su estilo del mejor Dumas que hay allí detalles inesperados en honor de los antecesores de las más antiguas familias arraigadas en las dos orillas del Plata:
El hombre de Buenos Aires tiene la pretensión de ser el primero en América en elegancia. Se exalta y se calma fácilmente; tiene más imaginación que su rival. Los primeros poetas que ha conocido América han nacido en Buenos Aires. Varela y Lafinur, Domínguez y Mármol son poetas porteños.
El hombre de Montevideo es menos poético, pero más calmo, más firme en sus resoluciones, en sus proyectos; si su rival tiene la pretensión de ser el primero en elegancia, él tiene la de ser el primero en valor. Entre sus poetas se encuentran los nombres de Hidalgo, Berro, Figueroa y Juan Carlos Gómez.
Por su parte, las mujeres de Buenos Aires tienen la pretensión de ser las más bellas de la América meridional, desde el estrecho de Lemaire hasta el río Amazonas. ¿Queréis saber los nombres de aquellas que reclaman el cetro de la belleza del otro lado del Atlántico, despreocupadas parisienses que no imagináis que una mujer pueda ser bella más allá de las puertas de París, saliendo hacia Versailles o Fontainebleau? Y bien, son, en cuanto a Buenos Aires, las “signoras” Agustina Rosas, Pepa Lavalle y Martina Linche.
Tal vez, en efecto, el rostro de las mujeres de Montevideo es menos deslumbrante que el de sus vecinas; pero sus formas son maravillosas, sus pies, sus manos y su apostura parecen venidos directamente de Sevilla o de Granada. Además existe esa variedad que, para muchos, aventaja a la perfección, y Montevideo, la ciudad europea, os mostrará con orgullo a Matide Steward, Nazarea Rucker y Clementina Batlle, es decir tres tipos, o mejor, tres modelos de raza: raza escocesa, raza alemana, raza catalana.
Así, entre los dos países:
Rivalidad de valor y de elegancia en cuanto a los hombres;
Rivalidad de belleza, de gracia y de apostura en cuanto a las mujeres;
Rivalidad de talentos en cuanto a los poetas, esos hermafroditas de la sociedad, irritables como hombres, caprichosos como mujeres, y a pesar de ello, ingenuos a veces como niños.
Qu’en termes élégants, ces choses-là sont dites!, ya que esos paralelos quieren explicar las razones de la terrible rivalidad durante la cual, de 1843 a 1851, bajo los muros de Montevideo, cruzáronse muy otras cosas que pies forzados y madrigales.
Antes de alejarnos del sitio, Dumas hace reaparecer, con gran perjuicio de la élite montevideana, a José Artigas, quien, bajo una dictadura sans-culottiste a la manera del 93, hace reinar en la ciudad al hombre descalzo, de calzoncillos flotantes, de chiripá escocés, de poncho roto cubriendo todo esto, y de sombrero sobre la oreja asegurado por un barbijo.
Más tarde es la epopeya de los Treinta y Tres, contada como una fantasía árabe con “razzias” de caballos y paseo en torbellino de la bandera libertadora, azul, blanca y roja como la francesa, mientras que los brasileños huyen a la desbandada.
Por fin aparece Juan Manuel de Rosas.
Alejandro Dumas lo pinta con sus dotes de novelista maestro si no de historiador maestro: Después de la revolución de 1810, un joven de quince o dieciséis años salía de Buenos Aires, abandonando la ciudad y ganando el campo; tenía el rostro turbado y un andar nervioso…
La lenta y sorda ascención del dictador está sazonada con anécdotas tales como la escena melodramática del joven Rosas abofeteando a su madre y arrojado de la casa familiar con la maldición del padre, la comedia burlesca de los dolores de muelas invocados en vísperas de un combate peligroso, los esfuerzos desventurados del gaucho Rosas para introducirse en las tertulias de la sociedad distinguida de Buenos Aires.
Está contaminada con color local: lazo, boleadoras, nada falta a Rosas de los atributos del gaucho clásico, y surge como un héroe de epopeya pampeana, con el espanto de la alta sociedad de Buenos Aires, seguido por sus milicianos rojos, los colorados de las Conchas…
Está realzada por súbitos aportes de la historia antigua prestigiosa: Rosas partía de Buenos Aires decidido a volver como Sila regresó a Roma, la espada en una mano y la antorcha en la otra.
Breves y penetrantes anotaciones psicológicas preparan este retrato de pie:
Hacia 1833, Rosas cuenta treinta y cinco años; tiene aspecto europeo, cabellos rubios, tez blanca, ojos azules, patillas cortadas a la altura de la boca; nada de barba, ni en el bigote ni en el mentón. Su mirada sería hermosa si pudiera juzgarse, pero Rosas se ha habituado a no mirarde frente ni a sus amigos ni a sus enemigos, porque sabe que en sus amigos hay casi siempre un enemigo oculto. Su voz es suave, y cuando tiene necesidad de gustar, su conversación no carece de atractivo. Su reputación de cobardía es proverbial; su fama de astucia es universal. Le gustan las mistificaciones…
Y dumas cita ejemplos con complacencia: La purga Leroy que Rosas hace tomar a un amigo invitado a comer; el caballo brioso que se da a montar al visitante; las burlas de cuatro bufones disfrazados de monjes: Fray Biguá, Fray Chajá, Fray Lechuza y Fray Biscacha, cuyo prior feroz es él mismo hasta para un robo de dulces; el disfraz de gobernador del mulato Eusebio para una recepción oficial; el simulacro de juicio y ejecución de este pobre desgraciado a quien se acusaba de conspirar, surgiendo Rosas a último momento por un escotillón para anunciar que concede la gracia, porque su hija Manuelita dice estar enamorada de Eusebio y querer casarse con él.
El gran novelista se muestra galante con Manuelita: No es una mujer hermosa, es más tal vez: es una persona encantadora, de figura distinguida, de un tacto profundo, coqueta como una europea, muy preocupada sobre todo del efecto que produce en los extranjeros… Rehúsa hacerse eco de las bajas calumnias de incesto y de crueldad de que ella es objeto, pero la muestra reina y esclava del hogar doméstico. La compadece de quedarse soltera, porque la élite distinguida de Buenos Aires reniega de ella y su padre tiene demasiada necesidad de una ternura firme. En sus sueños de monarquía, al decir de Dumas, el dictador piensa también en una alianza aristocrática. Manuelita es buena: hace reír a su terrible padre entrando por ejemplo en su gabinete de trabajo a caballo sobre Eusebio en cuatro patas o halaga su vanidad para obtener la gracia de un condenado. Desempeña sobre todo a la perfección el papel sutil de ministro de relaciones exteriores de Buenos Aires, pues todo agente extranjero, antes de abordar a Rosas, debe hacer su presentación diplomática en la tertulia de la joven.
Junto a ella, Juan, su gran palurdo de hermano, es conocido sólo por sus costumbres viciosas y sus groseros amores.

El segundo capítulo de la Nueva Troya nos lleva de 1833 a 1842, es decir de la toma definitiva del poder por Rosas en la Argentina hasta la invasión del Uruguay por su lugarteniente Manuel de Oribe.
Digno de Alejandro IV Borgia y de su hijo César, Rosas empobrece su propio partido desalojando de él a las personalidades molestas por su ambición apasionada. Y Dumas se lanza con un trozo de bravura de ritmo ternario, cortado trágicamente:
López, el fundador de la federación… muere envenenado.
Quiroga, el jefe de la federación… muere asesinado.
Cullen, el consejero de la federación… muere fusilado.
Experimenta, por otra parte, una verdadera alegría en presentar esos personajes de nombres exóticos y sonoros que han conservado, dice, un sabor de salvajismo primitivo. Las anécdotas dialogadas abundan, acusando una crueldad caballeresca. Quiroga, sobre todo, lo retiene, y he aquí la muerte de quien tenía la ferocidad del león y no la del tigre:
Fue asaltado en Barranco Iaco por una treintena de asesinos que hicieron fuego sobre su coche. Quiroga, enfermo, se había acostado en él; una bala que perforó uno de los paneles le atravesó el pecho. Aunque herido de muerte, se levantó, y pálido, ensangrentado, abrió la portezuela. Viendo al héroe de pie, aunque ya cadáver, los asesinos huyeron. Pero Santos Pérez, su jefe, fue derecho hacia Quiroga y cuando éste había caído de rodillas y lo miraba de frente, lo ultimó.
Dueño incontestado del partido federal, Rosas prosigue su venganza contra la alta sociedad de Buenos Aires que lo había rechazado, una venganza áspera y feroz. La escarnece, apareciendo vestido de chaqueta y sin corbata en las más elegantes reuniones, iniciando un baile con una negra esclava, en medio de los carreteros, de los carniceros y de los libertos que ha invitado.
Una sociedad secreta, muy de su devoción, encuentra diversiones inéditas: es la Mazorca, cuyo nombre, Más Horca, según Dumas, él lo atribuye, equivocadamente, no a la espiga del maíz, usada como símbolo de unión, sino a un reclamo de más horcas. Los adeptos de esta sociedad persiguen en cacería a los elegantes de la ciudad, y, armados de viejos cuchillos, les tajan con la carne del rostro patillas en collar cuya forma de U recuerda el partido unitario aborrecido. A la salida de misa, a las mujeres que no tienen en sus cabellos el moño rojo federal, se les coloca uno con alquitrán ardiendo. En la calle sucede que algunas son desvestidas y fustigadas por tener un pañuelo, un traje, un adorno de color azul o verde, y los hombres son tratados a veces igualmente por estar de frac o de corbata.
Dumas se exalta hasta hacer resonar a Buenos Aires de truenos nocturnos, y, de mañana, los hombres rojos de Rosas conducen a la fosa común carretadas enteras de muertos. Se les ha visto, añade Dumas, separar las cabezas de los cadáveres, llenar cestos con ellas, y con el grito habitual de los vendedores de fruta del campo, ofrecerlas a los transeúntes horrorizados, gritando; “¡Duraznos unitarios! ¿Quién quiere duraznos unitarios?”
Desde entonces, mientras que la paciencia bien conocida del rey de los franceses Luis Felipe se cansa hasta el punto de hacer bloquear por una flota la ciudad maldita donde hasta los franceses son perseguidos, la alta sociedad argentina, a pesar de los peores peligros, se refugia en Montevideo.
Parten así Lavalle, la espada más brillante de la República Argentina, Florencio Varela, su mejor talento; Aguero, uno de sus primeros hombres de estado; Echeverría, el Lamartine del Plata; Vega, el Bayardo del ejército de los Andes; “Guttierrez” (sic), el feliz bardo de las glorias nacionales; Alsina, el gran abogado e ilustre ciudadano… y muchos otros, grandes terratenientes o soldados prestigiosos.
Montevideo les otorga una generosa hospitalidad, y es a esto, afirma Dumas audazmente, que es preciso atribuir el odio implacable que Rosas dedica desde entonces a todo el Uruguay. El dictador espera su hora mientras que dos personajes se disputan la presidencia de la pequeña república recién independiente, entre la codicia de sus dos demasiado poderosos vecinos, la Argentina y el Brasil.
El paralelo entre Fructuoso Rivera y Manuel Oribe, hecho tan a menudo, es sabiamente reanudado por Dumas, cuyas preferencias se adivinan de antemano.
Rivera, hombre de campo, pero cuyos instintos todos, a la inversa de Rosas, lo llevan a la civilización; hombre de guerra cuya bravura no ha sido sobrepasada; hombre público no generoso sino pródigo, es un “hermoso caballero” –en el sentido de la palabra española que comprende a la vez el soldado y el gentilhombre– de tez morena, talla elevada, mirada penetrante; conversa con gracia, y arrastra a sus interlocutores al círculo fascinador de un gesto que no pertenece más que a él. Está por otra parte notablemente rodeado en la época de hombres de valor, Obes, Pérez, Vázquez, Álvarez, Ellauri, devotos defensores del estado oriental y de la causa americana entera, cuyos nombres serán siempre sagrados para esta vasta tierra de Colón que se extiende del cabo de Hornos al estrecho de Barow.
Oribe, salido de las primeras familias del país, bravo personalmente pero general incapaz, hombre honesto y buen administrador, pero llevado a la crueldad por su violencia nerviosa, de espíritu débil y de inteligencia estrecha, lo que explica –y se podía esperar– su alianza ciega con Rosas.
Después de diversas alternativas vienen la batalla de Arroyo Grande, perdida por Rivera aplastado bajo el número, y la retirada heroica de 6.000 valientes a través de la campaña uruguaya para proteger el éxodo de las familias espantadas por las matanzas y los incendios, hasta el abrigo de los muros de Montevideo.
El sitio de la Nueva Troya comienza.

Alejandro Dumas lamenta no ser Homero para cantarlo, pero lo intenta con ardor.
Su elocuencia entusiasta y vengadora no disimula siempre, sin embargo, la confusión de los cuatro últimos capítulos de su pequeño libro hecho de piezas y remiendos. Por lo menos se desprende de él la evolución general verdadera del sitio interminable.
Los primeros aprietos de la ciudad heroica, amenazada por las tropas rosistas y oribistas, son evocados por esta frase definitiva de un defensor: El sol de diciembre, ahogando sus rayos en el océano, nos dejó derrotados en el exterior, sin ejército, sin soldados hasta en el interior, sin material de guerra, sin dinero, sin rentas, sin créditos, y por pequeños detalles, presentados con menos elocuencia, pero igualmente descorazonadores.
Tienen lugar entonces los gigantescos esfuerzos del ministerio del 3 de febrero de 1843 con el presidente Joaquín Suárez, el nuevo Príamo, y los ministros Melchor Pacheco y Obes, Santiago Vásquez y Francisco Muñoz; la magnífica leva en masa de las legiones uruguaya, argentina unitaria, española, italiana y francesa; los heroicos combates de las avanzadas bajo los muros de Montevideo, y las batallas campales al pie del Cerro en el campo afortunado donde sonreía la victoria.
Siguen el agrio relato de las desgraciadas campañas de Rivera en el interior del Uruguay sobre las retaguardias del ejército sitiador, la narración apasionada de los últimos esfuerzos sangrientos del general para imponerse en la capital misma, y por fin el cuadro lamentable de la heroica y miserable Nueva Troya después de siete años de resistencia.
En ese trágico decorado montevideano, iluminado por impulsos generosos, ensombrecido por violentas desesperanzas, luego empañado por una inacción demasiado larga, se destacan algunas de esas fuertes personalidades por las cuales Alejandro Dumas marcó siempre su predilección y cuya amistad buscó toda su vida.
He aquí a Garibaldi:
38 años, talla media, convenientemente bien proporcionado, con cabello rubio, ojos azules, nariz, frente y mentón griegos, es decir, aproximándose lo más posible al verdadero tipo de la belleza. Lleva barba larga. Su vestimenta común es una levita ajustada al cuerpo, sin ninguna insignia militar. Sus movimientos son graciosos. Su voz, de una dulzura infinita, parece un canto. En su estado habitual es más bien distraído que atento y parece más un hombre de cálculo que de imaginación; pero pronunciad ante él las palabras independencia e Italia, y entonces se despierta como un volcán, lanza su llama y vuelca su lava.
Soldado, parte al asalto con la primera espada que aparece y arroja su vaina, pues no lleva nunca armas fuera del combate. Marino, quema sus naves en el alto Paraná para no entregarlas cuando está cercado, o bien ante Montevideo, con sesenta marinos y cuatro miserables barcos armado de seis piezas, el Suárez, el Pacheco y Obes llamado también la Libertad, el Muñoz y el Vásquez, hace frente a los cuatro navíos, a las cien bocas de fuego de grueso calibre y a los mil hombres del almirante de Rosas, Guillermo Brown.
Dumas se indigna de que se pueda en Francia representar a Garibaldi como un aventurero, un “condottiere”. En Montevideo no estaba a sueldo y vivía en una pobre casa, obscura de noche, pues la ración del soldado montevideano no incluía velas. Con su sombrero blanco raído, su levita negra gastada y botas abiertas, rehusaba dinero, tierras y rebaños para él o para sus hombres que a cambio de la sola hospitalidad daban sus vidas a Montevideo, sólo porque los defensores combatían por la libertad.
Valiente y desinteresado, es también caballeresco. Intercede noblemente, para hacer perdonar a traidores que se habían reconocido culpables, mientras que en cambio Rosas y Oribe cometen las peores atrocidades. Dumas pinta por ejemplo, con una cierta complacencia, a Rosas haciendo rodar tres o cuatro horas con la punta del pie la cabeza del coronel Zelallaran decapitado, escupiendo encima, haciendo atar después a un amigo del ajusticiado ante la cabeza puesta sobre una mesa durante tres días seguidos; o bien recuerda la orden breve del dictador de fusilar juntos al coronel Videla y a su joven hijo, ya que este último resiste cuando se le quiere alejar de su padre al que apunta el pelotón de ejecución; o, todavía, el bautizo del vientre de Camila O’Gorman, encinta de ocho meses, pues Rosas quiere salvar el alma del niño aún cuando haga matar a la madre…
Si Rosas es un nuevo Tersites y si Garibaldi es el Aquiles de la Nueva Troya, Marcelino Sosa es su Héctor, lo que es sorprendente, puesto que estos dos últimos héroes son del mismo campo. Alejandro Dumas es lírico al hablar de este Héctor:
Se hubiera dicho que descendía de esos Titanes que en otro tiempo intentaron escalar el cielo… Hermoso joven, grande, fuerte, excelente jinete, de una generosidad que no tenía igual más que en su coraje para combatir. Montaba habitualmente un magnífico caballo negro cuyo arnés era todo de plata. Luego se quitaba su chaqueta y se arremangaba. Entonces, la espada o la lanza en mano, era lo que debía ser un héroe de Homero o un paladín del siglo de Carlomagno.
Este héroe griego o este paladín carolingio en mangas de camisa es un poco sorprendente, y sus hazañas lo son otro tanto: Un día que nos encontrábamos frente a un destacamento enemigo, habiendo manifestado el jefe de Sosa deseos de tener algunos informes que sólo un prisionero podía darle, Sosa se lanzó solo sobre el destacamento, lo alcanzó, agarró por el cuello a un hombre de la primera fila, le puso atravesado sobre su caballo y se lo trajo a su jefe: “Tomad, mi coronel, dijo, he aquí lo que habíais pedido”.
En la imaginación del novelista, este Hércules valeroso debe confundirse con Porthos el Mosquetero, hombre capaz de levantar las torres de Notre-Dame o con el general Dumas, su padre mulato, que según su decir, pasando un día a caballo bajo un roble, se colgó con los dos brazos de una rama principal, anudó las piernas bajo el vientre de su cabalgadura y levantó al animal asombrado, ante los espectadores más asombrados aún.
La muerte de Marcelino Sosa fue de las más bellas, pero ¿era necesario que Dumas la contara de esta manera?:
El 8 de febrero de 1844, estando en las avanzadas, Sosa fue herido por una bala de cañón como Turenne, como Brunswick; sólo que él no cayó del caballo, aunque la bala le llevó la mitad del cuerpo y casi todas sus entrañas.
Echó pie a tierra (¿a derecha y a izquierda de su caballo con cada una de las mitades de su cuerpo?) diciendo a sus soldados: “Creo que estoy herido”.
Otra muerte famosa, la del coronel Jacinto Estibao, rodeado con cincuenta hombres por quinientos amotinados riveristas, es contada con un laconismo de mejor gusto:
Cuando no le quedaban más que ocho soldados, uno de esos ocho sobrevivientes se aproxima a él y le dice: “Coronel, no podemos resistir más”. Estibao tenía el brazo derecho roto, pero en la mano izquierda tomó su pistola por el cañón y con un culatazo aplastó la cabeza de este hombre que no comprendía que cuando no se puede resistir más, es necesario morir.
Sin que nunca su retrato sea trazado de pie como los de Garibaldi y Sosa, un tercer personaje está siempre presente en este Montevideo homérico. Es Melchor Pacheco y Obes, el hijo de Jorge Pacheco presentado en la aurora de la historia maravillosa del Uruguay como el gigante exterminador de los teutones charrúas y en quien Dumas había visto, con Artigas y el gaucho, una de las tres potencias que reinaron en Montevideo.

 

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