Edmundo Montagne:

El Conde de Lautréamont, poeta infernal, ha existido.
Su vida en Montevideo, su misterio, su libro execrable y genial.
(*)

 

No ha sido un espectro el autor de “Los Cantos de Maldoror”; no ha sido un espectro que después de dictar a un médium ese libro de horrores, majaderías y genialidades, se volvió a las sombras y calló para siempre. No: ha sido un hombre.


Treinta años ha, Rubén Darío, clasificando al conde de Lautréamont entre sus “raros”, comenzaba diciendo: “su nombre verdadero se ignora”. Y después de explicar los temibles “Cantos”, agregaba: “de la vida de su autor nada se sabe”.


Hoy se conoce el nombre de Lautréamont, que, a pesar de eso será siempre el conde de Lautréamont y no Isidoro Luciano Ducasse; y se sabe de su vida lo suficiente para emprender el completo esclarecimiento.
De nada valía el haberse publicado hace poco (“Révolution Surréaliste”, número del 15 de enero de 1925), el acta mortuoria del inhallable. Se seguía dudando. Referíase el acta al “hombre de letras, de veinticuatro años de edad, nacido en Montevideo (América meridional) y muerto en un alojamiento de París, calle del Faubourg-Montmartre, núm. 7”. ¿No estaba hecho de escurrimiento y despistes este conde? ¿No era todo él rodeos por obscuras y tortuosas callejas, igual que un criminal fugitivo, con lo que hacía más culpable ese su libro, dejado de prisa, lejos de París, como el cuerpo de su delito?


Esta forma de desaparecer se ignoró durante medio siglo. Hoy no sólo se prueba que es cierta, sino que el muerto tuvo real vida y crianza en Montevideo, como lo declara en el primero de sus cantos. Esas revelaciones se nos hacen en un libro escrito en francés, “Lautréamont & Laforgue”, y publicado recientemente en Montevideo. En ese libro, sus autores, los hermanos Guillot-Muñoz, con documentos, ilustración y cierto método dignos de buenos críticos, estudian la obra de los dos poetas franceses nacidos en el Plata.


Los Guillot-Muñoz nos transcriben la partida de nacimiento del conde, hallada en el Consulado General de Francia, y nos ofrecen un facsímil de su fe de bautismo efectuada en la Iglesia Matriz.


No fue, la de su lugar de venida al mundo, una de sus mistificaciones, como se creyó.


Isidoro Luciano Ducasse (el conde de Lautréamont), nació, incuestionablemente, en Montevideo, el 4 de abril de 1846, y recibió el agua de la sagrada pila un año y medio después.


Dado el misterio que rodeó la vida del conde de Lautréamont y la intriga que ese misterio creaba y sigue creando en sus comentadores, las comprobaciones últimas son de primera importancia. Pero tras ellas no rastrean mayormente los Guillot-Muñoz. Y si rastrean, no logran hacer muchas luces. En cambio, entregándose a evocar costumbres y lugares del tiempo en que vivió el Conde, y que no fueron los habituales de éste, se satisfacen afirmando que la teoría tainiana sobre la relación del ámbito y la obra ha caído en desuso.


Pintoresca y exacta es la evocación medio gaucha que hacen de cierta cercanía de Montevideo durante el sitio de los rosistas y después del sitio. Ella, cierto es, no cuadra a la realidad permanente del lugar en que se crió el Conde y que los Guillot-Muñoz no ignoran. Este lugar fue completamente civil y marino. El mar, constantemente el mar rodeó la vida material del joven hambriento e insaciado de infinito. Y el mar y sus monstruos, el mar y sus tragedias, cuando no inspiran las páginas más salientes de los “Cantos”, entre ellas la antológica “Al viejo océano”, aparecen evocados momento por momento.


Sin duda, costumbres brutales y a veces crueles debieron impresionar al niño idealista, si se alejó del hogar. El hombre haría, luego, contrastar la visión de seres vasi angélicos, como los genios de la tierra y del mar, cernidos en regiones etéreas, “alimentados de las más puras esencias de la luz”, con esos otros llamados humanos “que se degüellan entre sí en los campos de batalla y se alimentan de seres llenos de vida como ellos y colocados algunos grados más abajo en la escala de las existencias”.


De este último delito, que pertenece a la humanidad y que la humanidad purga fatalmente de vario modo, tuvo sin duda el Conde la sensación directa en su misma patria de origen, carnívora entonces más que lo es hoy.


Pero los aspectos morales del libro corresponderían (si es que a pesar del “desuso” sigue rigiendo la teoría de Taine), a un ambiente también moral, acaso familiar, necesariamente muy íntimo, subjetivo. Y reconocemos, y reconocerán los autores de “Lautréamont & Laforgue” que para un buceo en estas aguas nos hallamos por ahora sin escafandras y sin siquiera las sondas que, echadas un día, quizá no toquen verdadero fondo.


Entretanto, hay que ordenar los datos que se obtengan. Los Guillot-Muñoz gustan del indicio verosímil, de la comprobación, de la reconstrucción verídica. Ni aún antes de advertir los rastros que hoy nos muestran hubieran ellos declarado lo que Gómez de la Serna, en el prólogo de la edición castellana de los “Cantos”; quien, ante el embrollo de los despistes, “prefiero, dice, la verdadera mistificación, sin aire erudito de Boletín de Academia”.


Pero la era de las mistificaciones respecto al poeta infernal ha llegado a su crepúsculo, y aún muere la de las agudas y bellas conjeturas, con las mismas de Gómez de la Serna, que pintarían, radiante, la fantástica puesta legendaria.


Hoy sabemos que el conde de Lautréamont fue de carne y hueso; respiró, se movió y se hizo hombre en Montevideo, hasta pocos años antes de publicar su libroespantable; su casa vetusta existe aún, a la espera, acaso, de que se la reconozca antes que la proyectada Rambla Sud arrase con ella; los libros, clásicos y románticos, aquellos que fueron su leche literaria, podrían nombrarse.


Recomencemos. El conde de Lautréamont fue hijo único del legítimo matrimonio Francisco Ducasse-Celestina Jacoba Davezac. El señor Ducasse desempeñó muchos años el cargo de canciller de la legación francesa en Montevideo. Fue hombre sociable, de singular cultura. A estar a lo que afirman los Guillot-Muñoz, durante una como laguna en esa existencia, realizó viajes a lo Marco Polo por el corazón de América del Sur, y un fracaso en cierto negocio de maderas quebrantó seriamente su fortuna. Quiso dedicarse a la enseñanza, y, de vuelta, en Montevideo, explicó filosofía comteana en una academia de su fundación que duró poco. Murió en la indigencia.


¿En la indigencia? No, señores. Esto sería muy bello siguiendo el gusto melodramático. Y ganas nos dan por este dato y otros, de retirarle a los Guillot-Muñoz el título de verídicos que nos hemos apresurado a concederles.


Y es que en este punto de la indigencia creemos más al señor Prudencio Montagne que a los Guillot-Muñoz.
El señor Prudencio Montagne (San José, República del Uruguay), es tío del que redacta esta crónica, por él promovida al enviarnos, anotado en sus márgenes, el libro de los Guillot.


“Murió (Francisco Ducasse) en 1887, en la más extremada indigencia”, afirman los Guillot. Y a esta afirmación, anota mi señor tío: “Esto es completamente falso. Se alojaba en el Hotel de las Pirámides, y dos días antes de morir me hallaba yo con él, tomando mate en su habitación”.


Ante esta marginalia enviamos un cuestionario a nuestro tío. Él lo llenó. Y aquí está lo que puso:
“Ducasse nunca estuvo necesitado ni menos en la indigencia. ¿Puede llamarse indigente a quien muere en un hotel de primer orden y goza hasta el último momento de su servicio?
”Vestía siempre traje negro de levita y galera de felpa. Estaba jubilado como canciller del consulado francés, y creo que tenía dinero en el banco de Londres.
”Siendo yo niño, M. Ducasse vivía en la calle Camacuá frenta a la Brecha, en casa que existe aún, antiquísima. Recuerdo mis paseos con mi padre y M. Ducasse, hasta la plaza Artola. Entrábamos en la cervecería Thiebaut. Ese paseo lo realizábamos todos los domingos, después que M. Ducasse compartía nuestro almuerzo, en casa. No iba con nosotros Isidoro (el Conde). Tal vez estaría en un colegio o no lo sacaría su padre, temiendo las diabluras que podría hacer por las calles. También podría haberlo mandado a Francia, a estudiar.”


(Estos paseos duraron hasta 1867, fecha en que se da al Conde ya en París).


“A causa de mi pupilaje en el Colegio Inglés, no supe nada de M. Ducasse entre los años 1868-1874. Por esta última fecha se instaló en Las Pirámides, y entre ambos debió realizar su viaje o sus viajes. Quizá haya ido a Francia a saber del hijo. Porque respecto a viajes americanistas (viajes de estudios precolombinos atribuídos por los Guillot-Muñoz), me extraña muchísimo que nunca me hubiera hablado de ellos y de los escritos que dicen escribió sobre esa materia, sabiendo, como sabía, que yo me interesaba tanto en ella.”


(Nuestro tío Prudencio es un precursor del actual incaísmo. Lo prueban sus yaravíes, el pedestal de la estatua de Artigas, en San José, estilo americano autóctono… y los nombres de sus hijos Atahualpa, Lirompeya, Gualconda…)
“Cuando murió Ducasse tenía yo treinta años. Hasta entonces iba yo al hotel una o dos veces por semana, a eso de las cuatro de la tarde, a tomar mate con él, cebado por mí. Éramos dos grandes materos. Murió dos días después de mi última visita. El dueño del hotel, M.Haurie, me lo hizo saber, y le mandé una corona de flores que fue la única que tuvo el finado.


”Mi actuación firme con Ducasse fue de 1875 a 1888, época en que murió. Durante ese tiempo sostuve con él una amistad franca y constante. De tiempo en tiempo lo llevaba a pasear al Buceo. En uno de esos paseos le saqué la fotografía que le remito.”
(Casi diluído el rostro, en esa fotografía aparece el anciano descubriéndose, su chistera en la diestra, viva la expresión casi picaresca. El ademán es naturalmente gentil. Parece que dijera: –No crean ustedes: sé que por esta fotografía y debido a mi hijo pasaré a la posteridad. Pero no crean, señores, que tenga yo algo que ver con el hórrido libro que él cometió. Es una de las mil travesuras de las suyas. Yo seguiré siendo la amable persona que en vida fui, tal como aquí me ven.)
Ducasse fue casado, pero parece que su mujer murió al poco tiempo de nacer Isidoro (el Conde), o por lo menos antes de mis paseos referidos. Respecto de ella no sé nada. No la conocí, no existía n mis tiempos… En cambio conocí a Isidoro Luciano Ducasse (el conde de Lautréamont), a quien llamaban Isidoro. Lo conocí desde que yo tenía seis años, en 1864, y él unos diez y ocho. Vivía en la casa paterna de la calle Camacuá frente a la de Brecha.”
(Esa casa tiene actualmente el número 544).


“Era Isidoro un muchacho –en esa época éramos muchachos hasta los veinte años– lindo pero sumamente travieso, barullero e insoportable.
Nunca oí hablar a nadie de las obras literarias de Isidoro. Si él las publicó entre 1868 y 1870, , tendría yo de diez a doce años. Entonces, ni cuando fui hombre, repito, oí hablar de esos “Cantos”. Lo único que me dijo una vez Ducasse fue que Isidoro había muerto el 70. Yo creí siempre que hubiera sido en la guerra.”


El cuestionario llenado por Prudencio Montagne concluye diciendo que, a pesar de su trato contínuo con Francisco Ducasse, ignoró “las fatigas de sus viajes y las crisis periódicas de paludismo” que le atribuyen los Guillot-Muñoz.


Esta declaración y las anteriores sobre el silencio respecto a la literatura del hijo, son de atenderse y cotejarse con otras sobre los mismos puntos hechas por los autores de “Lautréamont & Laforgue”.


Pero está de Dios que ante el Tribunal del proceso Lautréamont han de comparecer otros seres tan ajenos a él como nuestro señor tío. Uno de esos otros seres es nuestra señora madre.


–¿No decías tú que en el taller de papá fueron depositados los libros de M. Ducasse?
Nuestra madre nos repite que sí y nos refiere el caso.
–M. Ducasse le pidió ese servicio a tu padre. Era el 70, me parece. Ducasse tenía que irse de viaje. Los libros fueron puestos en una “chapelière” verde: un baúl mundo. Y no estaba de más, te lo aseguro, porque era cosa tremenda los libros que había. Yo me los fui leyendo todos, uno tras otro, después que metía a los chicos en cama: Molière, Racine, Chautebriand, Corneille, Voltaire, Rousseau…


Con esta referencia a los libros de la primera cultura literaria del conde de Lautréamont, alguno de los cuales cita en su carta al editor (De la Serna, prólogo a los “Cantos”), terminan nuestras revelaciones sobre “el montevideano”. El Conde, en sus “Cantos”, se llama a sí mismo el montevideano.


Y ¿a qué se debe que estos cantos en prosa, puestos con razón en el index de la prudencia humana cobren hoy una boga que nunca han tenido?


No se debe a su concepción de conjunto, que, aunque maldita, es genial; ni acaso al mismo impulso de su estilo, que a veces cobra extraordinario vigor: se debe a que sus expresiones parciales y el caudal ilustrativo utilizado en ellos (todas las novedades de las ciencias y toda la modernidad) corren parejas, medio siglo después de esparcidas, con algunos “ismos” de las últimas generaciones literarias. Ya se sabe que cada nueva generación lanza sus “ismos” y forma escuela, con lo que se habilita para proclamar que ha cogido el mundo en la mano.


El “sobrerrealismo” nombra al conde de Lautréamont su jefe o cosa así. El cubismo también lo da como uno de sus precursores y gran maestro, debido quizá a lo que Lautréamont reconoció en el cubo, al final de esta oración que tiene un mérito mucho más serio que ese, y es el de definir el propio carácter del autor de los “Cantos”: “Si tienes una inclinación señalada por el caramelo (¡admirable farsa de la Naturaleza!), nadie lo concebirá como un crimen; pero aquellos cuya inteligencia, más enérgica y capaz de más grandes cosas, prefieren la pimienta y el arsénico, tienen buenas razones para obrar de ese modo, sin sentir la menor intención de imponer su pacífica dominación a los que tiemblan de miedo ante una musaraña o ante la expresión parlante de las superficies de un cubo.”


Pero se querrá saber qué son al fin esos “Canros”. Y en verdad que ya es tiempo de que lo digamos, o, lo que será mejor, que hagamos que lo digan quienes lo hicieron admirablemente.


Habla Darío:
“León Bloy fue el verdadero descubridor del conde Lautréamont. El furioso San Juan de Dios hizo ver como llenas de luz las llagas del alma del Job blasfemo.
”… No se trata de una “obra literaria” sino del grito, del aullido de un ser sublime martirizado por Satanás.


”…Con quien Lautréamont tiene puntos de contacto es con Edgar Poe. Ambos tuvieron la visión de lo extanatural, ambos fueron perseguidos por los terribles fantasmas enemigos… ambos experimentaron la atracción de las matemáticas, que son, con la teología y la poesía, los tres lados por donde puede ascenderse a lo infinito. Mas Poe fue celeste, y Lautréamont infernal.


”… Los clamores del teófobo ponen espanto a quien los escucha. Si yo llevase mi musa cerca del lugar donde el loco está enjaulado vociferando al viento, le taparía los oídos.”


Habla Ramón Gómez de la Serna:
“Estos cantos están cantados desgarradoramente bajo el apremio y la amenaza de la muerte. Tienen una risa que quiere borrar la fatalidad. Indagando muche en ellos se podrá encontrar el bacilo terrible. Es probablemente Lautréamont el tuberculoso que en vez de apocarse encuentra en la combustión precipitada y voraz de su vida la exaltación generosa de las crueldades humanas, de las más privadas angustias, del pavoroso instinto de estrangulación con que nos contagia la muerte que nos estrangula.


”… Debemos ser rudos y cabales, gracias a estas exaltaciones en que se pierde el miedo.


”… Este libro es impar y único.


”… Cada obra de arte debe batir un récord y tener la plenitud de dominio que ésta tiene.


”… El mismo Gourmont no la comprendió porque cree en la locura, y aunque se ve que la comprende, no le basta eso para ahorrarse esa palabra falsa, ya que Lautréamont es el único hombre que ha sobrepasado la locura. Todos nosotros no estamos locos, pero podemos estarlo. Él, con ese libro, se substrajo a esa posibilidad, la rebasó.


”Para dulcificar su suposición, pero a contrapágina de ella, señala Gourmont que puede ser un “ironista superior” y señala una cualquiera de sus ironías, cuando todo se ve que está escrito entre la ironía y la verdad, todo monstruoso y supremamente consciente.


”… Tiene una cosa sagrada, ímproba, de rebelión sensata, de revolución por el insulto, que hace aparecer a Lautréamont el segundo redentor que aún está en los infiernos.”


Habla Paul Dermée (y lo hace refiriéndose también al segundo y póstumo libro de Lautréamont):
“Es necesario mostrar la unidad profunda de la obra de Lautréamont, cuyos dos libros son dos aspectos opuestos, pero perpendiculares al mismo eje. Ese eje es, a no dudarlo, “el problema del Mal”. En los “Cantos de Maldoror” lo ilumina ese léxico sorprendente que, según él decía, “se nutría de las pesadillas espantosas que atormentan mis insomnios”. En las “Poesías” flagela a todos los falsos ídolos del partido del mal, tan dignos de odio como las divinidades hipócritas del partido del bien. Lautréamont no fue nunca, sin embargo, un moralista de discurso académico. Es el azote terrible de un dios apasionado de perfección.”


Habla Alberto Lasplaces:
“No se sabe si los “Cantos de Maldoror” es la obra de un cerebro extraviado y doloroso o la de un espíritu aristocrático, ahito de las vulgaridades corrientes, que se venga de un modo atroz, o la de un genio satírico lleno de amargura que alza su brazo sobre la humanidad y deja caer sobre ella toda clase de inmundicias.”


Hablan Álvaro y Gervasio Gillot-Muñoz:


“El más allá de la conciencia de Maldoror hállase unido por lazos equívocos a la realidad deformada.


”… Entre la mezcla de realidad y bajeza, de escrúpulo y descuido, se adivina en Lautréamont cierto gusto por la experimentación científica.


”… Esa capacidad para asir el principio del mal, esa manera de sugerir que la carne y la naturaleza humana son abominables, algunos giros de su espíritu refinado y feroz, hacen pensar en un herético del gnosticismo.”
¡Ah, pero cuán difícil es dar idea de los “Cantos”!
Trátase de un mundo creado con lo negro de la existencia y el hurgueo que allí obstina el ángel que había en Lautréamont. ¡Un furioso, incesante revolver la pulpa de la tiniebla hedionda hecha de monstruos entrelazados! Los monstruos se sueltan, nos afrontan, nos acometren. A veces son héroes de crímenes sin ejemplo; otras, verdugos de suplicios que llamarlos dantescos es dar flaco indicio de ellos. Esas pesadillas, esas visiones, esos delirios se hacen lúcidos y vívidos hasta enceguecernos y aterrarnos. Y estallan de la boca del ángel las blasfemias. Son blasfemias cuyo grotesco sobrepasa a toda suposición. Y ábrense a nuestros pies los círculos vertiginosos del loco razonante, o se opone a nuestra marcha el vacío, por trechos, condenándonos a un estertor interminable, más torturante cuanto que la angustia es moral y parece la del remordimiento.


Son esos cantos la obra de un tremendo vengador, furioso y frío. Vengador ¿de qué ofensa, de qué nefando ultraje, inferido por nosotros, sus hermanos? ¡Oh Dios de misericordia!

Cuando vais a arrojar el libro contra el muro, a colmo de asco y de irritación; cuando vais a arrojarlo para rechazar el sarcasmo, la idiotez, el absurdo, tanto más “hirientes y abominables” cuanto que se ven que están hechos adrede para vuestra repulsión, una imagen límpida y opulenta, de gran belleza, os detiene, paraliza vuestros ímpetus, como el puño de un dios una cuadriga desbocada.


Los críticos que maldicen los “Cantos” quisieran aniquilarlos, borrarlos en lo eterno a toda posibilidad siquiera de comento.


No. Si algo sabemos de lo intenso y desconcertante del vivir, protegemos ese libro, maravilla de espantoso fruto, de un fruto que nos brinda, al morderlo, el jugo último de la tragedia, sustentador de las raíces mismas del ser.


Los que los alaban dijérase que querrían mostrárnoslos como ejemplo de placentera amenidad. No: no son los “Cantos de Maldoror” un collar de baratijas estéticas para la disertación ociosa y presumida. No son sensualidad verbal, aunque tal parezcan: son alma en su fibra originaria.


Nietzsche, quienes sean, pudieran razonar el problema del mal. Lautréamont lo vivió: fue la emoción palpitante, sangrienta de ese problema.


Por eso… ¿creyó o no creyó en la “expiación providencial”? ¿Descuidó o no descuidó las “contigencias de las quimeras maléficas que se ciernen sobre los malditos”?
¡Inaudito modo de suicidarse el de Lautréamont, si admitía el rebote en lo espiritual, más certero que el de la pelota vasca en el frontón!
En los cantos finales se jacta de su poder hipnotizante.
¡Pobre basilisco!
Porque Lautréamont, creador de seres desmesurados o deformes que llegarán a ser mitológicos, es el fabuloso basilisco.


¡Pobre basilisco, cantando a la sordina su potente arrullo con que “idiotizarnos”, fijo su solo ojo en nosotros, a fin de que la mirada acerada y cariciosa que destila veneno, nos clave hasta el alma su estilete inyectador!
El espejo de su conciencia devolvióle, hundió en él mismo, la mirada que da la muerte.
Darío, católico visionario como despierta desde el fondo de su gran paganismo, está en su linea al creerlo, con la tradición de la Santa Madre Iglesia, un poseso.
“No aconsejaré yo a la juventud –dice– que se abreve en esas negras aguas, por más que en ellas se refleje la maravilla de las constelaciones.”
Y murmura esto muy por lo bajo, temeroso de ser oído por Lautréamont.


Y es que olvida que el mismo Lautréamont, conocedor del maleficio de sus cantos, no exacerbado aún en la carroña hasta anularse para el bien, graba en la entrada de su libro esta advertencia:
“Quiera el cielo que el lector, envalentonado y sintiéndose momentáneamente feroz como lo que lee, encuentre sin desorientarse su camino abrupto y salvaje, a través de los pantanos desolados de estas páginas sombrías y llenas de veneno; porque de no emplear en su lectura una lógica rigurosa y una tensión de espíritu igual por lo menos a su desconfianza, las emanaciones mortíferas de este libro empaparán su alma como el agua empapa el azúcar. No es conveniente que todo el mundo lea las páginas que van a continuación; sólo algunos saborearán este fruto amargo sin peligro. Por consecuencia, alma tímida, antes de internarte más en semejantes páramos inexplorados, dirige tus talones hacia atrás y no hacia adelante.”

 

(*) Artículo publicado en «El Hogar», Buenos Aires, 20 de noviembre de 1925 (págs. 11-12, 61-62).

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