Edmundo Montagne:

El conde de Lautréamont.
Revelación de la misteriosa persona del autor de los temibles
“Cantos de Maldoror”. (*)

 

El poeta execrable y genial, montevideano, que se apodó a sí mismo conde de Lautréamont, no fue un espectro, ni siquiera la broma de algún gran talento desocupado, como más de un incomprensivo pretendió.
Desde su primera época, y muchos años después, esta opinión distó de ser compartida por Léon Bloy, por Gourmont, por Rubén Darío, por Gómez de la Serna, que prologa la versión castellana de los “Cantos de Maldoror”. Temible libro éste, “puesto con razón en el index de la prudencia humana”. Ante sus páginas sombrías, de visiones horrendas, más de uno sintió el vértigo de la locura, en el borde de cuyo abismo fue escrito. “No se trata de una obra literaria” –escribió Darío en Los Raros,– sino del grito, del aullido de un ser sublime martirizado por Satanás.”
¿Pero el conde de Lautréamont había existido? Esa era la vieja cuestión, a pesar del acento humano, y bien humano, encontrado en sus páginas por los escritores mencionados.
De algunos años a esta parte, el conde de Lautréamont ha venido a ser tema de grande interés en los círculos intelectuales de París y en Montevideo, donde al fin se ha comprobado que en realidad nació el raro poeta. Algunos frupos de jóvenes de tendencias nuevas, rotuladas con sus correspondientes “ismos”, lo declaran su precursor o iniciador. Tal revivicación de los “Cantos de Maldoror” va unida a las investigaciones, eficaces al fin, que respecto a su autor se han realizado. A raíz de un libro de los hermanos uruguayos Guillot-Muñoz, que incluía la reproducción autográfica de la partida de nacimiento del conde, el autor del presente trabajo publicó en “El Hogar” (noviembre 20 de 1925) un artículo con nuevos datos, que daban ya relieve personal y vivo al ser que en la vida de relación con los demás seres se llamó Isidoro Ducasse. Y aunque el artículo de ·El Hogar” fue comentado oportunamente en el “Mercure de France” por Francisco Contreras, no contribuyendo poco a mantener animada la atención hacia el tema, ¡cuán abigarrado debió ser el mundo de curiosas, fantásticas, grotescas leyendas a que dio motivo el incógnito de Ducasse, cuando aún algunas de ellas pretenden mantenerse en pie, oponiéndose a los datos que la más fehaciente investigación sigue suministrando!
Después del artículo de Contreras (15 de julio de 1927), otro sobre el mismo interesante asunto acaba de insertar el “Mercure de France”. Viene en la entrega correspondiente a la primera quincena de enero del corriente año, y lo firma François Alicot. Las novedades de Alicot son concluyentes. Debido a sus datos, nos hallamos en presencia de Isidoro Ducasse (conde de Lautréamont) como ante una persona ante quien nos interesa conocer y con la cual tenemos la suerte de estar hablando todo el tiempo que queremos. Alicot nos hace saber de una parienta del conde, que vive en nuestra ciudad de Córdoba, descendiente de los Ducasse establecidos a mediados del pasado siglo en esa ciudad. Llámase la señora Amelia Suárez Ducasse, y sus datos, dice Alicot, preparan el testimonio contra la leyenda de la extrema pobreza del padre del conde. Además, “se apoyan en la carta del señor Prudencio Montagne, de la que el señor Francisco Contreras reproduce algunos pasajes en su crónica del “Mercure de France” del 15 de julio, y que, a nuestro parecer, es el único testimonio que hasta el presente se haya aproximado a la verdad”.
Ducasse, el autor de los “Cantos de Maldoror”, fue enviado a educarse a Francia. Permaneció interno en el Liceo de Tarbes durante los años 1860 – 61 – 62. Los siguientes, 1863 – 64 – 65, estuvo en el Liceo de Pau. Sus condiscípulos Lespès, Minvielle y Bleumstein tienen dedicadas composiciones en las “Poesías”, de Ducasse (el conde).
Bleumstein procedía de Buenos Aires.
De esos tres condiscípulos del poeta diabólico, sólo sobrevive Lespès, cuya memoria lúcida y notable ilustración le permiten hablarnos con toda la precisión deseada. Isidoro Ducasse era un joven alto, delgado, algo curvado de espaldas, los cabellos cayéndole a la banderola sobre la frente, de voz un poco agria, de conjunto nada atrayente, ordinariamente triste y silencioso, que tenía cierta “actitud distante, una especie de gravedad desdeñosa y una tendencia a considerarse como un ser aparte”, y el cual, a sus pocos amigos, “solió hablar con nostalgia de los países de ultramar, en los que se vivía una vida libre y feliz”. Entre sus lecturas favoritas tenía a Poe, entonces introducido en Francia. Sus rarezas, sus odios y sus entusiasmos, hasta sus constantes jaquecas, todo es interesante, hoy, en la vida quien por tanto tiempo fue un fantasma literario. “Durante la canícula, los alumnos iban a bañarse en el arroyo del Bois-Louis. Era esa una fiesta para Ducasse, excelente nadador.
-–Tendría mucha necesidad-– dijo un día a Lespès –de refrescar más a menudo mi cabeza enferma en esta corriente.
En cierta ocasión el profesor de retórica dio a Ducasse un severo castigo por un discurso del que era autor. Tan despampanante le rsultaba al profesor ese discurso, que lo sospechó una befa del discípulo díscolo contra él. El castigo hirió profundamente al futuro autor de los “Cantos de Maldoror”, pues él, en su ensayo literario, no bromeaba sino que era sincero. “No he vuelto a ver a Ducasse después de mi salida del Liceo en 1865 – confiesa Lespès. – Pero algunos años después recibí en Bayona los “Cantos de Maldoror”… Ninguna dedicatoria. Mas el estilo, las ideas extrañas, entrechocándose a veces como en un tumulto, me hicieron suponer que el autor no era otro que mi antiguo condiscípulo. Minvielle me dijo que él también había recibido un ejemplar…
”¿Te acuerdas de su discurso?– agregó.– Tenía una araña en el techo… Pero ahora la araña ha crecido mucho.”
Lespès concluye declarando que cree en la completa sinceridad de los “Cantos”…, “fruto doloroso de un cerebro exaltado lleno de sombrías imágenes”. Muchos han sido en el Uruguay los que actualmente escribieron con apasionamiento favorable sobre la figura literaria del desconcertante Lautréamont. Además de los hermanos Guillot-Muñoz, recordamos Lasplaces, Ipuche y Filartigas. Estos y otros literatos compatriotas del conde hallarán, pues, en el artículo de François Alicot, sobrados motivos para renovar sus estudios.

 

(*) Artículo publicado en «El Hogar», Buenos Aires, 30 de marzo de 1928 (pág. 10).

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